Sociedad

Salió de una playa a medianoche, pedaleó por el desierto y terminó a casi 7000 metros de altura

El andinista mendocino Martín Erroz unió el océano Pacífico con la cumbre del volcán Ojos del Salado (Chile) en una travesía de 61 horas: pedaleó 700 kilómetros, caminó en altura extrema y regresó al punto de partida tras alcanzar los 6.893 metros.

Viernes 06 de Marzo de 2026

331519_1772798133.jpg

08:51 | Viernes 06 de Marzo de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

Salió a la medianoche desde una playa de arena blanca y agua turquesa en el norte de Chile, Bahía Inglesa. Pedaleó durante horas por el desierto de Atacama hasta que el asfalto desapareció y la montaña empezó a imponerse. Dejó la bicicleta, ajustó la mochila mínima que llevaba y comenzó a caminar hacia el hielo, el viento y la altura. Llegó a la cumbre. Bajó. Volvió a subirse a la bici y regresó al mismo punto donde había partido, frente al océano Pacífico. Todo en poco más de 60 horas.

El protagonista es el andinista mendocino Martín Erroz, de 50 años, que unió el nivel del mar con la cima del Volcán Ojos del Salado, el volcán más alto del mundo, con 6.893 metros sobre el nivel del mar. Una travesía que incluyó 700 kilómetros en bicicleta y 60 caminando en altura extrema.

“Después de los 350 kilómetros comencé a subir y me encontré con mucha nieve, lo que me obligó a abrir huella y eso es muy desgastante. El viento no ayudaba mucho. Realmente sentía que mis piernas estaban muy agotadas”, contó en diálogo exclusivo con TN.

De Bahía Inglesa al techo de Chile: el volcán más elevado

Erroz partió desde Bahía Inglesa, una pequeña localidad costera de la Región de Atacama, conocida por sus playas claras en medio del desierto más árido del planeta. A la medianoche del sábado puso el pie en el pedal con un objetivo que parecía irreal: unir el océano con la cumbre más alta de Chile y regresar al punto de partida.

Fueron 350 kilómetros en bicicleta hasta la base del volcán. Desde allí comenzó el tramo más brutal: unos 30 kilómetros a pie hasta la cima. Esa distancia no es vertical —los 6.893 metros son altitud sobre el nivel del mar—, sino el recorrido real por pendientes extensas, planicies de altura y tramos técnicos que conducen al cráter.

Tras robos, clima adverso y agotamiento extremo, el andinista completó el desafío que parecía imposible. (Foto: gentileza Martín Erroz)
Tras robos, clima adverso y agotamiento extremo, el andinista completó el desafío que parecía imposible. (Foto: gentileza Martín Erroz)

En condiciones normales, la mayoría de las expediciones tardan entre 10 y 15 días en completar el ascenso con aclimatación progresiva. Erroz lo hizo en una ventana mínima, con un descanso breve antes del ataque final.

A los 6.700 metros, la montaña empezó a hablarle en voz baja. “A esa altura ya estaba con pensamientos de volverme. Pasé por todos los pensamientos. Me habían sucedido muchas cosas: la idea era hacerlo en el Aconcagua, pero el clima no ayudó y luego hubo problemas con los permisos. También me robaron en Los Andes todos los equipos. Me pasó de todo y dije: ‘A un paso de lograrlo, ¿cómo no iba a continuar?’”.

El tramo más delicado y toda la concentración

La parte final del Ojos del Salado tiene un paso vertical equipado con cuerdas fijas. Ese sector, que ya exige concentración en condiciones normales, se convirtió en el momento más crítico.

“La parte final, con una escalada vertical que tiene unas cuerdas fijas, fue clave. Había mucha nieve, hasta congeladas estaban las cuerdas, y sumado a mi cansancio, fue un momento de concentración máxima. Estaba solo en el cerro porque con estas nevadas no había habido expediciones y tenía un equipo muy mínimo”, explicó.

La imagen es contundente: casi siete mil metros de altura, viento andino, nieve reciente, cuerdas endurecidas por el frío y un montañista exhausto que venía de pedalear durante horas por el desierto.

Y, sin embargo, siguió.

Cuando llegaron a Los Andes, una sorpresa desagradable: le robaron todos los equipos menos la bicicleta. Lo dejaron con lo puesto. “¿Una señal para desistir? De ninguna manera”, dice Martín.

El mendocino Martín Erroz pedaleó 700 km, hizo cumbre en el Ojos del Salado y volvió al mar. (Foto: gentileza Martín Erroz)
El mendocino Martín Erroz pedaleó 700 km, hizo cumbre en el Ojos del Salado y volvió al mar. (Foto: gentileza Martín Erroz)

“El redoblar la apuesta fue también por eso. Después del robo mucha gente me decía: ‘Es una señal’. Como si algo me fuera a pasar. No entendieron que yo veía la otra perspectiva: adelante, esto le da un toque más de emoción. Excusas siempre las hay”, afirmó.

Volvió a Mendoza, consiguió equipamiento prestado y siguió hacia una montaña apenas más baja, pero con variables incluso más duras desde el lado chileno: más kilómetros de pedaleo, mayor exposición al viento y temperaturas extremas.

No era la primera vez que lo intentaba. En 2024 ya había probado el recorrido. Llegó al final del tramo en bicicleta tras 25 horas sin parar, completamente solo. Pero se le hizo demasiado tarde para seguir ascendiendo.

“Fue muy riesgoso. Me di cuenta de lo duro que era”, recordó y aseguró que la experiencia no fue un fracaso, sino un aprendizaje.

“Hay que pensar en grande y después uno va aprendiendo a fraccionar el proyecto, empezando y sobre todo manejando la ansiedad. El gran problema de todos es la ansiedad”, reflexionó.

Aunque el espíritu del desafío fue de autosuperación y soledad en altura, hubo una pieza fundamental en el engranaje: su amigo Marcelo Castellino.

Castellino lo acompañó en camioneta durante el tramo de aproximación y fue clave en la logística. Lo esperaba cada tanto con agua, comida y reposición mínima. Sin ese apoyo estratégico, la exigencia física habría sido prácticamente inviable.

En desafíos de esta magnitud, la diferencia entre lo posible y lo imposible muchas veces está en los detalles. Y en la confianza.

El regreso al mar y las lágrimas de emoción

Después de hacer cumbre, quedaba la mitad del desafío. Descender, recuperar la bicicleta y pedalear otros 350 kilómetros hasta el punto de partida. Con el cuerpo al límite, el sueño acumulado y más de 50 horas de esfuerzo casi continuo.

Cuando finalmente volvió a ver el océano, algo se quebró. “Volver al punto inicial, el mar, y ver todo lo sucedido fue gigante. Estuve con una emoción enorme, con sentimientos a flor de piel. Sabía que había logrado algo que hasta a mí me había dado miedo cuando lo pensaba como proyecto completo”, señaló.

Cruzó el desierto en bici, subió en soledad y cerró el círculo frente al océano. (Foto: gentileza Martín Erroz)
Cruzó el desierto en bici, subió en soledad y cerró el círculo frente al océano. (Foto: gentileza Martín Erroz)

Había unido el cero absoluto del nivel del mar con casi siete mil metros de altura y regresado al mismo lugar. Un círculo perfecto entre la sal y el hielo.

Erroz no habla de récords. Habla de procesos, de intentarlo, de no quedarse con la duda. “Es una frase que no quiero escuchar nunca en mi vida: ‘Qué hubiera sido si iba… me gustaría haberlo hecho’. Son muletillas para no animarse”, advierte.

A los 50 años, con décadas de montaña encima y más de 20 ascensos al Aconcagua, decidió volver a ponerse en el límite. No por fama. No por patrocinadores. Sino por coherencia con una forma de entender la vida.

Entre el Pacífico y la cumbre del volcán más alto del mundo, Martín Erroz volvió a demostrar que los límites, muchas veces, están más en la cabeza que en la altitud.

DEJANOS TU COMENTARIO

Top Semanal

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

LOCALES

NACIONALES

INTERNACIONES

DEPORTES

SOCIEDAD

FARÁNDULA