Sociedad

Así operaban los niños sicarios de Rosario: mataban, cobraban y salían de compras al shopping

En marzo de 2024, una serie de asesinatos sembró el terror en Rosario. Detrás de los ataques había adolescentes de 15 años reclutados por bandas narco, que actuaban convencidos de que no enfrentarían consecuencias judiciales.

Lunes 01 de Junio de 2026

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08:40 | Lunes 01 de Junio de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

Durante los primeros días de marzo de 2024, los narcos decidieron jugar a la ruleta rusa con la ciudad de Rosario. Sembraron el terror matando gente al azar, trabajadores que intentaban llevar alimento a sus casas. Utilizaron niños sicarios, menores de edad para que resultaran inimputables.

Un taxi para en una esquina oscura de la zona sur de Rosario. Cuando el chofer gira para recibir el pago del único pasajero, un chico joven, apenas un adolescente, desde la vereda pero muy cerca de su ventanilla llega una ráfaga de disparos. Vacían el cargador sobre el taxista. Muere en el acto. Los disparos fueron tantos y tan cercanos que casi impactan en el pasajero: un cómplice del sicario. Es 5 de marzo de 2024 por la noche. Juegan Rosario Central y Vélez en Arroyito, en la otra punta de la ciudad. Hay destinados 500 policías al partido. Ese terminará siendo un dato clave. Sabían que el control de las calles sería más laxo, que tendrían más libertad de acción. El asesino y el pasajero del taxi, uno de sus cómplices, salen corriendo. En el lugar queda la zapatilla de uno y casquillos de balas con las siglas de la policía de la Provincia de Santa Fe. También el teléfono, el reloj y el dinero de la recaudación del asesinado. No se llevaron nada. No se trató de un robo.

El taxista era Héctor Figueroa, un hombre de 43 años, que hacía poco se había dedicado a ese oficio. Estaba casado y tenía dos hijas muy chiquitas.

Al día siguiente la ciudad estaba conmocionada y los taxistas decretaron un paro. Se quejaban de la inseguridad. En los últimos meses cuatro colegas habían sido asesinados en ocasión de robo. Pero los investigadores desde el principio sospecharon que en este episodio podía haber algo más.

Bruno Bussanich, Marcos Daloia, Diego Celentano y Héctor Figueroa, víctimas de Los Monos. (Foto: Facebook)
Bruno Bussanich, Marcos Daloia, Diego Celentano y Héctor Figueroa, víctimas de Los Monos. (Foto: Facebook)

Desde hacía años la ciudad estaba convulsionada. Los Monos, los ajustes de cuentas, el narcomenudeo, los tiroteos, la connivencia de parte de las fuerzas policiales y de miembros del poder judicial, los grandes negocios provenientes del lavado de dinero de la droga. Los narcos detenidos que, gracias a sus celulares y los controles laxos, seguían manejando el negocio desde la cárcel.

Pero esto, se sabría pronto, era otra cosa. Algo que nunca había sucedido y que movería los cimientos de la ciudad, que atemorizaría a cada habitante.

Ese mes había empezado con publicaciones del Ministro de Seguridad de la Provincia en la que se veían requisas exhaustivas en varias cárceles y presos de rodillas con la cabeza gacha en los pasillos de los penales. Eran fotos a lo Bukele. Los narcos decidieron vengarse. Desde sus celdas, con llamadas clandestinas y con información transmitida a través de cómplices dentro del sistema y dada a sus parejas en las visitas íntimas diseñaron un plan complejo, osado e inhumano para imponer el terror en la ciudad. Un plan que luego de ejecutado se descubrió que se había pensado en los más mínimos detalles estructurales para intentar instalar el terror en Rosario.

Héctor fue la primera víctima de los adolescentes sicarios. (Foto: X / @HectorRFigueroa)
Héctor fue la primera víctima de los adolescentes sicarios. (Foto: X / @HectorRFigueroa)

El primer hecho ocurrió en la Avenida de Circunvalación el 2 de marzo. Un auto algo maltrecho se puso a la par de dos micros que se dirigían a Santa Fe. En ellos viajaban agentes penitenciarios. Los hombres charlaban entre ellos, pensaban en la jornada laboral, en sus familias, miraban sus teléfonos, alguno dormía. Hasta que de pronto, los estruendos. Varios balazos salieron desde el auto que estaba en el carril de al lado. Luego aceleró y se perdió. Hubo ventanas y parabrisas rotos, casi todos los agentes tirados en el piso del micro y dos choferes aterrados que logran maniobrar y poner los vehículos en la banquina. Las balas habían rozado sus cabezas. Milagrosamente nadie salió herido.

El segundo hecho fue el asesinato de Figueroa, el taxista. Lo que sólo los ideólogos del crimen sabían en ese momento era que se trataba de un primer paso de varios. Los narcos suponían que cuando se supiera del asesinato el gremio de los taxistas pararía.

La noche siguiente para reforzar la cuestión y porque los asesinos se habían olvidado de dejar en el vehículo un mensaje de amenaza hacia el gobierno, matarían a otro taxista.

En este caso cambiaron la metodología. Pidieron un taxi por teléfono. Sabían que con los hechos del día anterior ningún taxista levantaría a los chicos en una calle oscura. El viaje fue adjudicado a Diego Celentano que ya estaba terminando su turno; cómo estaba juntando dinero para festejar el cumpleaños de su hija, lo tomó. Dos jóvenes se subieron. Cuando llegó a destino, apenas frenó, uno de los jóvenes sicarios le disparó varias veces en la nuca. El hombre murió en el acto. Otra vez escaparon. Por los nervios, de nuevo no dejaron el mensaje hacia el gobierno provincial. Tampoco tocaron ninguna de sus pertenencias. Otras dos coincidencias que convencieron a todos de que ya no se trataba de una casualidad: uno de los asesinos había olvidado una de sus zapatillas y las balas tenían grabadas las siglas de la provincia.

Diego Celentano fue uno de los taxistas asesinados. (Foto: La Capital)
Diego Celentano fue uno de los taxistas asesinados. (Foto: La Capital)

Lo que la policía, todavía, no sabía era que el arma había sido la misma (las balas provenían de policías corruptos que trabajaban para estas bandas).

El plan narco preveía que los crímenes los cometieron menores de edad para que fueran declarados inimputables y también que ocurrieran noche tras noche, sin respiro, para ahogar a la sociedad. Para que cada día al despertarse para ir a trabajar, para llevar los chicos a la escuela, las noticias de la noche anterior, los golpearan, no los dejaran vivir tranquilos. Un verdadero plan de conmoción cuyas consecuencias políticos y sociales eran impredecibles.

El paso siguiente fue cambiar de objetivo. La víctima sería un colectivero.

La misma noche del segundo asesinato hubo un tiroteo contra un colectivero de la línea 122 pero las balas no lo impactaron, una especie de milagro. Los disparos habían sido hechos desde una moto en movimiento. Al atardecer siguiente y a cara descubierta, un sicario -no menor de edad en este caso, sino de 19- le disparó a Marcos Daloia apenas abrió la puerta de su colectivo de la Línea K. Tres disparos le dieron: uno de ellos perforó su cráneo y se alojó en el cerebro. Agonizó tres días y murió. El asesino giró, se subió a la moto que manejaba un cómplice y escaparon a contramano.

Antes de desaparecer, los asesinos tuvieron tiempo de balear una comisaría. Mucho después se supo que el objetivo inicial era un recolector de residuos cualquiera. Pero que no encontraron ninguno en su camino.

El plan narco era no solo generar terror, sino provocar la paralización de varios de los servicios esenciales de la ciudad. Taxis, colectivos (ya habían decretado un paro inmediato) y también recolección de residuos. Y de paso plantar la incertidumbre, que quedara bien claro que no sólo matarían taxistas. A cualquiera podía tocarle el número envenenado de un disparo narco.

El colectivero Marcos Iván Daloia, de 39 años, fue baleado mientras estaba trabajando. (Foto: La Capital - Leonardo Vincenti / Facebook - @marmaar)
El colectivero Marcos Iván Daloia, de 39 años, fue baleado mientras estaba trabajando. (Foto: La Capital - Leonardo Vincenti / Facebook - @marmaar)

Todavía faltaba un crimen. Otro atroz y el que tuvo un impacto definitivo en la sociedad y en la clase política. Los sicarios que hasta entonces se encargaban de algún bunker de venta de droga que les designaban recibieron la orden de elegir una estación de servicio y matar a quemarropa un playero. Cualquiera, al azar. Y de nuevo la orden de no tocar nada, que quedara claro que no había sido un robo.

Bruno Bussanich tenía 25 años y hacía muy pocas semanas había conseguido el trabajo en la estación de servicio. En medio de la noche estaba dentro de una cabina, de una pequeña oficina, dispuesto a cobrar cuando entró un joven, le apuntó al medio de la cabeza, con el arma apenas a cinco centímetros de su frente y disparó. Bruno cayó fulminado, fusilado. El asesino dejó caer el papel con el mensaje, esta vez. Pero el efecto de este crimen fue muy superior al de los anteriores. El estupor, la indignación, el terror. Un hecho que cambió todo: el fusilamiento fue filmado por cámaras de seguridad. Así las imágenes mostraron cómo el sicario llegó a la estación con una campera liviana, como deportiva o de lluvia, unas bermudas llenas de manchas y una ojotas de esas que tienen una tira de goma transversal sobre el empeine. Entró, estiró el brazo hasta casi apoyar el arma en la frente, disparó y salió corriendo en ojotas. Noticieros, portales y redes sociales repitieron el video hasta el infinito.

Las imágenes eran incontrastables: la elocuencia del horror.

Apenas oscurecía, los habitantes de Rosario no querían salir de sus casas. Cualquiera podía ser víctima de los asesinos. El mensaje de los terroristas había calado profundo. La definición cabal de terrorismo: generar terror en una sociedad. El cuadro se completó la acción psicológica en grupos de WhatsApp y en redes. Se hablaba de toque de queda, de asesinatos en diferentes zonas de la ciudad, de bandas armadas tomando avenidas y muchos otros escenarios apocalípticos más. Durante unos días las calles se vaciaron

Esta historia (y muchas más) está narrada en el excepcional Niños Sicarios (Sudamericana), el libro de Germán de los Santos que salió unos pocos meses atrás. Se trata de una investigación periodística valiente y ejemplar al igual que los dos libros que escribió junto a Hernán Lascano, Los Monos y Rosario, que revelan el accionar y el entramado narco como nunca antes: los estudios más profundas sobre el narcotráfico en Argentina.

Bruno Bussanich tenía 25 años y hacía muy pocas semanas había conseguido el trabajo en la estación de servicio. Lo fusilaron sin mediar palabras. (Foto: Facebook).
Bruno Bussanich tenía 25 años y hacía muy pocas semanas había conseguido el trabajo en la estación de servicio. Lo fusilaron sin mediar palabras. (Foto: Facebook).

Esos días que Rosario vivió bajo el signo del terror intentaban marcarle la cancha al gobernador Pullaro. Una pulseada brutal, despiadada, inhumana.

De los Santos muestra que estos sicarios que asesinaban como adultos, a sangre fría, sin motivo alguno, eligiendo la víctima al azar, como si caminar por la calle de su ciudad hubiera convertido a la gente en jugadores involuntarios de una ruleta rusa, seguían siendo jóvenes, unos adolescentes que de día, lejos de estar carcomidos por el remordimiento o por el temor de ser detenidos, se dedicaban a consumos placenteros. Muestra también cómo en esos barrios muy pobres en los que los narcos tienen arsenales, bunkers y dominan el terreno, tienen un ejército de jóvenes para elegir, para convertirlos en sicarios por poco dinero. Instalaron la idea de que los giles son los que trabajan, los que llegan cansados y con las manos llenas de cal después de un día en una obra en construcción; y que los que saben vivir, los triunfadores, son los que delinquen y consiguen todo de manera prepotente, violenta, sin esfuerzo, sin importarles sin el medio matan gente, arruinan vidas definitivamente. Un dicho que los narcos suelen repetir: “Prefiero ser rey por cinco años, que buey durante cincuenta”.

A los sicarios les prometieron 300.000 pesos por cada uno de los trabajos, de sus asesinatos. Como algunos no salieron como habían pensado, les pagaron 200.000 por los primeros. Al día siguiente los adolescentes -tenían 15 en ese momento- fueron al shopping: tomaron helados, comieron hamburguesas, eligieron unos alfajores y se compraron unas zapatillas. La plata se les acabó a las pocas horas. No pudieron comprar medio shopping como habían soñado. No se preocuparon demasiado, al día siguiente tendría otros 200.000 o tal vez 300.000 si todo salía bien y podrían seguir comprando, seguir gastando. Sólo tendrían que salir a trabajar, a cumplir con la misión encomendada, un par de horas. Los que llevaban las armas eran ellos; los otros sólo estaban trabajando detrás de un volante, cargando nafta o limpiando las calles. Total, pensaban, nada les podía pasar: no los podían juzgar por su corta edad.

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