Farándula

Verónica Perdomo, a 10 años del ACV que cambió su vida: "Me vi muerta ahí, en la camilla"

Un ataque cerebral truncó una carrera artística en franco ascenso de quien por entonces tenía 32 años. Estuvo al borde de la muerte: cuando los médicos la reanimaron, tuvo una experiencia reveladora.

Lunes 15 de Julio de 2019

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Debió aprender a hablar de nuevo, también a comer. Y en el proceso perdió a su padre y a su hermano. Por eso ahora disfruta cada momento. "No sé cuánto tiempo voy a tener de mi vida. Ya me abrieron la puerta", dice Verónica, brindando un testimonio conmovedor

Se conectaba por momentos. Cuando recuperaba la consciencia se encontraba con escenas que no comprendía, que le resultaban extrañas. Miraba, trataba de hablar, de comunicarse. Y se desconectaba de nuevo. Cada vez que volvía en sí, Verónica Perdomo acumulaba información (personas, objetos, lugares) que la ayudaba a ir construyendo esta nueva realidad: dónde estaba, qué era todo eso, qué había sucedido con ella.

Se percibía más delgada. Tenía una trasqueotomía, la mitad de la cabeza rapada, un brazo que no le respondía. Usaba pañales. En ese centro de internación -de eso ya no había dudas- sus padres no estaban. "¡Qué hijos de puta! Nunca vienen… Claro, ya sé: estoy loca. Me dejaron acá porque quedé loquisa -razonó-. Esto es culpa mía. Pero, ¿qué habré hecho?".

La primera vez que se observó en el espejo comprobó su idea. "Cuando me vi… Los dientes negros, una sonda acá, una trenza en el pelo que me había quedado". Y ahí, en ese mismo momento, Verónica… Verónica se río. No, no, todavía más: "Me empecé a cagar de risa. 'Si es esto, lloro o me cago de risa', me dije. Fue tan fuerte que era llorar o reír. Yo era como un chiste de mí".

Cierta tarde, ya se notaba más recuperada que días anteriores. Y sin la traqueostomía procuraba hablar nuevamente. Para lograrlo, le colocaron aire a presión, "para que las cuerdas vocales empezaran a vibrar porque estaban resecas", explica hoy Verónica. El tratamiento tenía sus consecuencias: "El dolor cuando pasaba el aire… Era como un fuego". Eso ocurría si la intensidad era demasiada; si disminuía el dolor se atenuaba, pero también los sonidos que salían por su garganta. Porque hasta entonces, su boca solo emitía eso: sonidos inteligibles. Nada de vocales, ni letras; menos aún, palabras. Sufrió tanto con el procedimiento que evaluó una alternativa: no hablar nunca más. "Me quedo muda -concluyó-. No es tan terrible: puedo escuchar. Y si de última no hablo, no me jode".

Retornó a su habitación. Lo encontró sentado a su padre; había ido todos los días, como su mamá, pero ella -con esa visión tan difusa de la realidad- no lo había percibido. Nuevamente le colocaron el aire a presión, y al fin las cuerdas vibraron para que Verónica pronunciara las primeras palabras desde que la habían derivado allí: "Te amo", dijo, mirando a su papá.

Lo que agregó después no le salió tan claro, pero su padre igual la comprendió. "¿Qué te pasó? Bueno, Vero, yo te voy a decir la verdad, lo que los médicos no te quieren decir porque te vas a poner nerviosa: tuviste un ACV". Lo que Verónica pensó entonces ya no lo dijo, más por pudor que por el maldito dolor que le provocaba el aire a presión: "Pobre mi papá… Dice que tuve un ACV porque le da vergüenza decir que su hija se puso loca. Pobre. Sí, bueno, papá…".

En pausa. Verónica Perdomo llegó al espectáculo casi sin querer: cuando promedia los 20 años un profesor de teatro le aconsejó que hiciera un casting para publicidad. Le pagaron muy bien. Y a partir de allí dejó su título de Profesora de Educación Especial (trabajaba con chicos sordos) para dedicarse por completo a una carrera que siempre fue en ascenso.

Secretaria de Nico Repetto en Sábado Bus y de un tal Diego Maradona en La Noche del 10, cine (dos películas, una con Emilio Disi y Luciana Salazar, otra con Daniel Hendler y Jazmín Stuart), teatro, campañas gráficas para Argentina y el exterior. El largo etcétera llega hasta el invierno de 2009, cuando Perdomo se dividía entre Argentina (conducía un ciclo en el prime time de El Nueve) y Chile (era una de las figuras del exitoso Morandé con compañía).

El malestar, con dolor de cabeza y fiebre por las nubes, se desató estando ella en Santiago de Chile. El médico le dijo que no era nada. Siguió el dolor, siguió la fiebre, siguió el diagnóstico ("No tenés nada", insistía el doctor); y así, siguió trabajando. Lo que le sucedió en un sketch en vivo que realizó en el programa la hizo reaccionar. Había pedido que calentaran el agua que iban a arrojarle en medio del número humorístico, pero cuando la bañaron con agua fría sintió una cosa: "Me muero". Y además, dijo otra: "Me voy ya mismo a Argentina".

Del estudio televisivo, directo al aeropuerto. Ya en el avión cerró los ojos. "Y tardé un mes en despertarme. Todavía tengo en mi cuerpo la sensación de que me explotó la cabeza". En rigor, Verónica continuó haciendo su vida por varias horas: llegó a Aeroparque, la recibió su novio de entonces, fueron a su casa. Pero en el asiento de la aeronave "el cerebro se paró, dejó de funcionar", explica. "Yo caminaba, por ejemplo, hablaba, pero no me acuerdo de nada, no tengo registro…".

Debieron contarle aquellas horas, reconstruírselas. Así supo que cuando se sentó frente al televisor, no veía la mitad de la pantalla. En un principio los médicos sospecharon que se trataba de la vista. Un estudio demostró lo contrario. Sus ojos funcionaban perfecto, y se encendieron las alarmas: un accidente cerebrovascular.

"Tenía un derrame en la mitad del cerebro -precisa Verónica-. Ese era el problema. Y era muy grave. En el (hospital) Alemán dijeron que en dos días iba a estar bien porque me dieron rápido la droga. Pero… ¿viste la vida? Una en un millón: esa droga me hacía mal. Al día dos, tenía más presión en el cerebro. El día tres me sacaron el hueso, desde acá (se señala una zona de la cabeza). Al toque me pusieron en coma inducido". La operación, que buscaba que el cerebro pudiera ganar lugar sin algunos huesos del cráneo, era de alto riesgo. "Tenía el 35% de posibilidades de sobrevivir porque yo tenía mucha presión".

La superó, claro. "Pero seguía mal, mal, mal…". Y se recurrió a otra droga. "Usaron una que estaban probando, que ahora, por suerte, todo el mundo la usa. Yo me sentía como una rata (de laboratorio). Para los neurólogos, mi caso estuvo bueno", sonríe Verónica, quien el 1 de julio de 2009 tuvo el ACV. Y el 15 de julio logró abrir los ojos: eso es lo que hoy, diez años después, celebrará en una fiesta con sus amigas.

Despertares. "Viste cuando en una película la actriz se despierta del coma: 'Ay, hola… ¿qué me pasó?' -dice Verónica, y actúa, reproduciendo la escena-. Bueno, no fue así (risas). ¿Cómo sería en mi caso? Drogadísima. Imaginate: me subí a un avión y en mi cabeza se terminó, nada. Y de repente me conectaba, no entendía nada, me volvía a desconectar. Y verme cómo estaba…". Y la trasqueotomía, la mitad de la cabeza rapada, la trenza. El brazo derecho que no le respondía, los pañales, los dientes negros. La sonda. La silla de ruedas.

En el Fleni de Escobar Vero debió reeducar su cuerpo, aprenderlo todo de nuevo. El derrame fue en el hemisferio izquierdo, afectando el habla y la memoria, pero no solo transitó un arduo camino para que sus cuerdas vocales emitieran los sonidos adecuados, y su cabeza entendiera qué significaban las palabras, logrando armar oraciones con ellas. No, no. Fue mucho más que eso.

"Tuve que aprender a comer: es muy difícil decirle al cerebro que esta es la comida, y que no tiene que ir a los pulmones. Tuve que aprender a deglutir. Y hasta a tomar mate. Tuve que aprender todo. Pero todo, todo, todo…". También, tuvo que aprender a sentir placer nuevamente.

En el umbral. Además del derrame, Perdomo tuvo una trombosis pulmonar. "Por eso mi caso fue muy grave -comenta-. Porque el ACV podía ser, pero una trombosis en los pulmones… ya está. Entonces, a mí me revivieron".

En los primeros días, cuando transitaba el coma inducido, los médicos debieron reanimarla en dos ocasiones. Antes de relatar lo que soñó en ese momento, Verónica hace una pausa: advierte que quiere ser "muy respetuosa" con quienes experimentaron situaciones similares, y hasta dice sentir "pudor" por lo que dirá.
Y entonces, cuenta.

"Recuerdo, si se puede decir así, que yo, de repente, me morí. O sea… me morí. Me vi muerta. ¡Ay, qué impresión! Tuve la sensación de que me vi muerta, así, en la camilla. Digo: 'Ay, qué bueno, voy a dormir, la puta madre, qué bueno'. Eso es lo que me acuerdo. Me acuerdo; fue claramente un sueño. A los dos minutos me despertaron a las piñas. ¡Pero a las piñas! De un lado para el otro. Y veía que había gente con camisas azules. Y yo: '¡¿Pero por qué me despiertan si quiero dormir?! ¡¿Por qué me despiertan?!". En ese momento los médicos habrían realizado las maniobras de reanimación.

En su sueño, Verónica se encontró con su tío Cándido, quien había muerto recientemente. "Y él me decía: 'Tranquilo, tranquilo…'". Ese sueño dio lugar a otro, al que define como "el más lindo de mi vida". Allí, se vio en los camarines de un teatro magnífico, con la elegancia del Colón. Estaba feliz, "como enamorada". La rodeaban personas que parecían "saber lo que hacían": guardaban ropa y objetos en sus valijas, y se iban. Ella se quedó maravillada con un sombrero. "¡Qué hermoso!, pero está sucio. Ah, ahora entiendo: nos estamos yendo porque el lugar está sucio, está feo. Pero, ¿adónde nos vamos?".

Siguió caminando. Había una luz blanca en el fondo: era potente, pero no la enceguecía. Se aprestaba a cruzar un portón cuando, del otro lado, una mujer se lo cerró en la cara. En vano, Verónica hizo fuerza para abrirlo. "¿Pero por qué no me dejas ir?". La joven clausuró el portón sin mayores explicaciones. "¿Pero por qué no me dejan ir? Bueno, se olvidaron de mí, pero ya van a volver por mí". De nuevo se sintió cansada y se sentó en el piso, junto al portón. "Y de vuelta empezaron las piñas. Y me desperté".

Aunque pasó tanto tiempo desde aquel sueño Verónica lo recuerda en detalle, tanto como el rostro de la mujer que le impidió el paso. Y ríe: "El día que vea a esa chica en la calle… ¡me voy a cagar de miedo!". Enseguida se pone reflexiva. "No sé cuánto tiempo voy a tener de mi vida. No estoy pensando que mañana me voy a morir, pero… ya me abrieron la puerta. Cuando tuviste una enfermedad, te están avisando. Tenés que estar tranquilo, disfrutar, porque… ¿qué sabés?".

Aquí y ahora. Hace unos días Perdomo estaba "rara". "Me sentía angustiada, con los sentimientos así, en las manos. Y no sabía lo que estaba pasando: había llorado sin motivo". Miró la fecha y comprendió todo: era 1 de julio, se cumplían 10 años del derrame. "Claro, yo no me acuerdo, pero mi cuerpo sí…". Y rompió en llanto.

Más allá de la afasia, menciona secuelas que no se perciben a simple vista; en el brazo derecho, por caso, no experimenta la misma sensibilidad. "Y vengo más lento con las palabras. Claramente: no me invites a ver una película para leer porque no voy a llegar, así que lo siento. O me leés la película, o…", dice, y vuelve a reír. Tiene 42, parece de menos. "Los dos años que perdí, de alguna manera los tengo que recuperar", sonríe.

Es una bella mujer. Radiante. Y al posar para el fotógrafo, pide unas disculpas que no deberían ser aceptadas: "Perdón, ¡antes era una bomba! Ahora me achiqué…", lamenta. Ahora conduce un programa de radio, Tiempo de salud, en Led. Y si bien en estos años estuvo en varias obras de teatro, y también participó del Bailando de Marcelo Tinelli, hace rato que no sube a un escenario o está en la televisión. "No me fui del medio. En realidad, no fluyen las cosas. Todavía no puedo hablar realmente lo que quiero. Me cuesta hacerlo a la velocidad de otra persona".

—¿Qué te sacó el ACV?

—Me sacó a mi papá y a mi hermano. Yo estoy convencida de que fue muy fuerte para mi papá que una hija… Durante un mes dejó su vida. Los nervios, la angustia: "¿Cuándo se muere?", porque yo todo el tiempo me moría, de verdad, todo los días me iba a morir. Mi papá se murió de los intestinos, y dicen que fue los nervios. Se murió una semana después de que yo le dijera "Te amo". Y después se murió mi hermano. Yo me la bancaba sola, porque me la banco, pero ellos… No siento culpa, pero pienso que si yo no tenía este accidente, tal vez todo hubiera sido distinto. O no.

Con su papá, Andrés. En 2012 Verónica publicó un libro, “Otra oportunidad para ser feliz”, donde narra su historia de vida. Se lo dedico a su padre y también a su hermano, quienes “se fueron demasiado pronto de esta vida”
Con su papá, Andrés. En 2012 Verónica publicó un libro, “Otra oportunidad para ser feliz”, donde narra su historia de vida. Se lo dedico a su padre y también a su hermano, quienes “se fueron demasiado pronto de esta vida”
—¿Y qué te dio el ACV?

—(Suspira) ¿Qué me dio? No, nada me dio. No, ¡sí! Me dio lo que soy hoy. Pero antes, yo también estaba muy contenta conmigo.

—¿Tuviste que aceptar a esta nueva Verónica?

—Claro… Es que esta chica, para mí, es discapacitada. Está bien, le pongo mucha onda, ¡pero dale! ¿Justo la palabra? Estaba estudiando locución, parece un chiste. Y ya conducía, actuaba: estoy convencida de que hoy estaría en otro lugar y no haciendo esta nota. Pero las cosas pasan por algo. La tele, la fama, todo va y viene. Y la plata también. Yo laburaba mucho y guardaba plata porque después el culo se me iba a caer, y ya no la iba a tener. ¿Y sabés adónde llevé esa plata? Al Fleni. Entonces, ojo con lo que deseás. Y sí, empecé a aceptarme desde el mismo día en que pensé que estaba loca. Me cuido mucho porque soy lo mas importante que tengo… Soy esto. Y también me quiero mucho. Estoy muy orgullosa de la persona que era, y de la persona que soy hoy: mis amigos son los mismos desde hace mil años. Y entonces pienso: "Algo hiciste bien, Verónica…".

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