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“Atrapados en el museo”, una obra con mucho humor y éxito en la villa

La comedia que lidera Pedro Alfonso apuesta a lo seguro. Figuras conocidas y humoristas probados, para todo público.

Miércoles 15 de Enero de 2020

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Es algo muy nuestro, no sé si mejor o peor que otras cosas, pero auténtico”, la obra que este año encabeza en Carlos Paz.

Y es totalmente cierto: la última puesta de la productora Dabope respeta a rajatabla aquella máxima futbolera de que cuando un equipo gana, no se toca.

Desde hace ocho años, la productora que trae a las sierras cordobesas el universo que gravita en torno al “Bailando” encontró una fórmula que los posiciona entre los más taquilleros del verano. Y Pedro Alfonso es desde entonces la punta de lanza de esa estrategia. Fueron puliendo las formas, intercambiaron a las figuras que más rindieron en pantalla cada año, pero la estructura de la comedia es la misma.

Esta vez, Pedro es Lucas, un simple pibe de limpieza enamorado de Rocío (Flor Torrente), a quien le vende una imagen que nada tiene que ver con su realidad.

De casualidad, ambos confluyen en un museo donde se realizará una importante exhibición con una pieza de lujo: la estatua de Selena (Julieta Prandi) que tiene “500 años y 6 meses” y sobre la que recae un hechizo. Ahí empiezan los enredos, que escalan rápidamente y los involucran a todos.

Es que en el lugar aparecen un ladrón de medio pelo y su cabecilla (Fredy Villarreal y Maca Rinaldi); la despiadada jefa de Lucas (Mica Vicciconte), Clemente, el guía del museo (Rodrigo Noya) y Aguilar (Bicho Gómez), el guardia de seguridad.

El histrionismo del Bicho es lo que consigue las mayores carcajadas, con sus gags físicos de clown y latiguillos verbales que tanto divierten. Algo parecido sucede con Fredy, un actor con gran timing y recursos vocales para el humor, que entiende cómo lucirse y a la vez hacer jugar a sus compañeros en escena.

Pedro suma muchos minutos en escena con su estilo de siempre, esa manera entre nerviosa y atolondrada que le imprime a sus personajes cuando estos se van metiendo en aprietos. Su idilio con el público está intacto: basta que Alfonso salga a escena para provocar un caluroso y sentido aplauso; y ante su primera morisqueta, estallan las risas.

Como siempre, el guion juega todo el tiempo al filo del guiño entre el personaje de ficción y la personalidad mediática que es de por sí cada integrante del elenco.

Por eso, hasta se genera la excusa para que Maca Rinaldi baile unos segundos un tema con Pedro; o que Fredy tire bocadillos de sus personajes televisivos.

Hay desfasajes en las interpretaciones, propias de lo variopinto del elenco. Mientras Noya se muestra como un humorista solvente, Vicciconte aporta su popularidad pero se nota que le queda margen para ganar en el terreno de la actuación.

Algo parecido sucede con Prandi, que actúa con gracia pero todavía puede mostrarse con más soltura. Torrente, en tanto, está a la altura de un personaje que seduce y acompaña en la trama.

A comparación de otros años, la puesta en escena es el rubro que se vio más resentido por las restricciones presupuestarias. No está mal, pero Dabope tuvo mejores. El punto alto vuelve a ser el momento fantástico del vodevil, con un mapping bien logrado sobre la estatua.

Así, la comedia se va desarrollando mientras tira la cuerda del enredo al extremo, hasta que por supuesto el amor encuentra su camino.

La fiesta termina cada noche con el ritual del saludo y la invitación a la gente del público a ver quién se anima a subir a bailar, cantar o hacer su gracia bien cerca del elenco.

Es ahí donde Alfonso y los suyos se funden con Carlos Paz hasta hacerse sinónimo de verano: en el encuentro cara a cara del público con los mismos que tantas veces vieron por la tele.

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