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De Piero della Francesca a Rubens, grandes maestros buscaron representar en sus obras el instante más enigmático del cristianismo, la Resurrección de Cristo
Sábado 04 de Abril de 2026
19:15 | Sábado 04 de Abril de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Hoy el cristianismo conmemora un hecho que nadie vio. No hubo testigos del instante en que la muerte fue vencida. No hay relato del momento exacto en que Jesucristo resucita. Y, sin embargo, desde hace siglos, los artistas han intentado acercarse a ese misterio.
Durante los primeros siglos, el arte cristiano evitó representar directamente la Resurrección. Prefería sugerirla: símbolos de victoria, alusiones, signos. Recién en la Edad Media comenzó a imponerse una imagen que con el tiempo se volvería clásica: Cristo saliendo del sepulcro. Pero esa escena —conviene recordarlo— no está en los Evangelios. Es una creación de la pintura. Con el Renacimiento, la imagen alcanza una forma de equilibrio que marcará siglos.
En la “Resurrección de Cristo”, de Piero della Francesca, conservada en el Museo Cívico de Sansepolcro, Cristo emerge con una serenidad que desconcierta. No hay esfuerzo ni dramatismo. El cuerpo se eleva con naturalidad, como si perteneciera ya a otro orden. A sus pies, los soldados duermen. La escena ocurre, pero no es vista.
Algo similar sucede en la “Resurrección” de Giovanni Bellini, (hoy en la Gemäldegalerie de Berlín) que presenta un Cristo luminoso, de contornos suaves, casi suspendido en una atmósfera de quietud.
En la interpretación de Paolo Veronese, visible en el Museo del Prado, la Resurrección adquiere una dimensión casi escénica. El color, la amplitud compositiva y la presencia de figuras convierten el episodio en una celebración de la gloria. Cristo no solo resucita: se manifiesta. La luz ya no es solo símbolo; es materia pictórica. Envuelve, realza, expande el acontecimiento.
En la interpretación de Tintoretto, realizada hacia 1565 para la iglesia de San Cassiano, Cristo aparece flotando sobre el sepulcro en una escena de fuerte dinamismo. La figura se eleva en un espacio vibrante, donde la luz ya no es estática sino móvil, casi inquieta.
En su “Resurrección”, también conservada en el Museo del Prado, hay un fuego espiritual. El cuerpo de Cristo se alarga, se estiliza, parece desmaterializarse. Los colores vibran, las figuras se agitan en un espacio casi irreal. Aquí el milagro no se describe: se experimenta.
La pintura abandona la estabilidad renacentista y se adentra en una dimensión espiritual más intensa, más inquieta. Es una Resurrección interior.
En “La resurrección de Cristo” de Peter Paul Rubens (hoy en la Catedral de Nuestra Señora de Amberes), Cristo irrumpe con una fuerza casi física. Los soldados caen, los cuerpos se desplazan, la escena se vuelve dinámica. La luz estalla. Ya no es la calma del misterio, sino la afirmación de la victoria. La Resurrección se convierte en acontecimiento visible, en energía que transforma el mundo.
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