Internacionales

Hace 82 años, Ana Frank escribía en su diario sus últimas palabras: qué decían y a quién se las dedicó

Mientras permanecía oculta del nazismo en “La casa de atrás”, la adolescente convirtió la escritura en un refugio. Tres días después fue capturada por los nazis junto a su familia y deportada a los campos de exterminio.

Domingo 02 de Agosto de 2026

348117_1785674520.jpg

09:33 | Domingo 02 de Agosto de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

Sin saber que sería la última vez, la muchacha de 15 años abrió el cuaderno de tapas rojas y blancas, biseladas con beige y escribió la entrada de ese día, martes 1 de agosto de 1944, hace 82 años. Era un mensaje, confidencial, íntimo, entrañable dirigido a Kitty. Pero Kitty era nadie, era su amiga secreta, la de su imaginación, la que conocía su vida como ninguna otra persona, sólo que no era una persona física: era un refugio. Después, Anna Frank firmó el texto previo con un cariñoso: “Tuya”.

 

No podía saberlo, pero era su testamento: tres días después ella y su familia fueron capturados por los nazis que ocupaban Holanda, y enviados a aquella fábrica de muerte que era el campo de exterminio de Auschwitz. Sólo Otto Frank, el padre de Anna, sobrevivió, rescató el diario de su hija y lo dejó como legado de aquel horror. Anna murió de tifus en el campo de Bergen-Belsen, en una fecha no precisada, tal vez en marzo de 1945, cuando ya la Segunda Guerra llegaba a su fin.

“(…) ¿Verdad que nadie conoce el lado bonito de Ana, y que por eso a muchos no les caigo bien?”, quiere saber Anna y le pregunta, se pregunta, a su amiga invisible. Esa última entrada de su diario es un fiel reflejo de su personalidad, de sus ansias de vivir: llevaba ya dos años escondida junto a su familia y a otras personas, ocho en total, en un refugio construido en la parte trasera de la pequeña empresa de Otto Frank, en el 263 de Prinsengracht, en uno de los viejos barrios de Amsterdam.

Era un escondite conocido como “La casa de atrás”: tres plantas unidas al edificio principal, dos habitaciones y baño en la primera planta, cincuenta metros cuadrados, una habitación grande y otra más chica en el piso superior, y una buhardilla en lo alto, a la que se accedía por una escalera de mano. A esa “Casa de atrás” se entraba por una puerta disimulada detrás de una estantería llena de libros que se alzaba en las oficinas de la empresa.

¿Quién fue esa muchacha que hoy rondaría los 97 años y, tal vez, hubiera cumplido su sueño de ser escritora? Annelies Marie Frank nació el 12 de junio de 1929 en Frankfurt am Main, Hesse, en una familia de judíos alemanes. Su padre, que había combatido como teniente en la Primera Guerra Mundial, era un pequeño comerciante, dueño de una empresa, Opekta, que elaboraba materia prima para dulces y mermeladas. Su mujer, Edith, cuidaba la educación de sus dos hijas: Margot, la mayor y Anna, tres años menor. Dos meses después de la llegada de Adolf Hitler al poder en enero de 1933, ya en plena vigencia las leyes raciales implantadas por los nazis, unas elecciones municipales en Frankfurt dieron una amplia victoria al nacionalsocialismo y desataron entonces las primeras grandes manifestaciones antisemitas en la región.

Otto Frank creyó entonces que era vital huir de Alemania: montó en Ámsterdam una filial de Opekta y la familia completa se trasladó a Holanda: según las flamantes leyes alemanas, esa emigración les hizo perder la ciudadanía. Anna tenía 10 años cuando estalló la Segunda Guerra, en septiembre de 1939. El nazismo había dejado de lado sus caretas y disfraces y se mostraba como lo que era: un régimen de terror que proclamaba la superioridad racial aria, impulsaba la expansión alemana hacia el Este y pretendía dominar Europa primero y el resto del mundo después.

Ana Frank fue una nena judía víctima del holocausto. (Foto: AP)
Ana Frank fue una nena judía víctima del holocausto. (Foto: AP)

El 10 de mayo de 1940, los nazis invadieron y ocuparon Holanda. La reina Guillermina huyó a Londres y los judíos holandeses supieron que estaban destinados al exterminio, sobre todo después de enero de 1942, cuando los nazis decidieron eliminar a la totalidad de judíos de Europa: 11 millones de personas. En poco tiempo, los judíos de Holanda perdieron sus derechos, fueron apartados de la vida social, de las instituciones públicas y de los cargos oficiales; luego los obligaron a andar por la calle y por la vida con una estrella de David prendida a sus ropas.

Cuando Otto lo puso en sus manos, Anna supo que, en medio de la desazón y el desconcierto que le provocaba la guerra, esas páginas serían sus amarras para permanecer a flote, tal vez viva. Empezó a escribir el mismo día. Menos de un mes después de aquel cumpleaños dichoso, su hermana, Margot, recibió una citación de los nazis de la “Unidad central para la emigración judía en Ámsterdam”, que ordenaba la deportación de la muchacha de 16 años a un campo de trabajo. Entonces Otto tomó dos decisiones que, pensó, salvarían a su familia: cedió la dirección de su empresa a dos colaboradores arios y armó “La casa de atrás”. Si alguien preguntaba por ellos, los Frank habían dejado Ámsterdam. Cómo fue que a esa familia se unieron luego otras cuatro personas, es parte de otra historia. Pero en ese pequeño reducto pasaron dos años escondidos, sin salir a la calle, sin hacer ruidos que pudiesen ser detectados desde el exterior, sobre todo por las noches, cuando se suponía que la empresa estaba cerrada; los Frank no podían usar el depósito del baño a esas horas, ni vivir con las luces encendidas.

Foto del pasaporte de Ana Frank. (Foto: AFP)
Foto del pasaporte de Ana Frank. (Foto: AFP)

En ocasiones, cuando Opekta cerraba sus puertas y el último de los empleados se marchaba a casa, los refugiados podían cenar en la casa principal con las dos personas que eran sus protectores y conocían el secreto de la “Casa de atrás”. Eran Miep Gies, una de las directoras administrativas de la empresa que conocía a Otto Frank desde 1943, Víctor Kugler, otro de los empleados de confianza de Frank y directivo de la empresa; y Johannes Kleiman, también directivo: los tres arriesgaron sus vidas durante dos años mientras proveían de ropa y comida a los “escondidos”.

En esas raras noches de relajación, escuchaban la BBC de Londres y sabían en parte cómo marchaba la guerra. Pero también sabían por voz de sus amigos de las deportaciones de judíos a los campos de concentración. Anna anotaba todo en su diario, incluido su disgusto por tener que compartir su habitación con un dentista refugiado, Fritz Pfeffer, a quien veía como un invasor de su intimidad.

Leé también: Prisioneros amputados, congelados o calcinados vivos: el brutal experimento japonés con seres humanos que nunca llegó a juicio

¿Qué escribía en su diario aquella chica que sólo quería vivir y ser escritora? “Escribir un diario es una experiencia muy extraña para alguien como yo. No sólo porque yo nunca he escrito nada antes, también porque me parece que más adelante ni yo ni nadie estará interesado en las reflexiones de una niña de 13 años de edad”. Expresaba también su esperanzado idealismo: “¡Qué maravilloso es que nadie tenga que esperar un instante antes de comenzar a mejorar el mundo!”.

Ni el idealismo ni la esperanza le hacían perder de vista la realidad: “Me angustia más de lo que puedo expresar el que nunca podamos salir fuera, y tengo mucho miedo de que nos descubran y nos fusilen (…) Es difícil en tiempos como estos pensar en ideales, sueños y esperanzas, sólo para que sean aplastados por la cruda realidad.” Y después, con increíble candor: “Es un milagro que no abandone todos mis ideales. Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón”.

Foto de la casa donde estuvo refugiada la familia Frank. (Foto: AFP)
Foto de la casa donde estuvo refugiada la familia Frank. (Foto: AFP)

Anna vive y anota su paso de la niñez a la adolescencia, sus primeras inquietudes sexuales, sus fantasías; se ve también presa en un mundo de hombres: “Yo sé lo que quiero, tengo un objetivo, una opinión, tengo una religión y amor. Déjame ser yo misma. Sé que soy una mujer, una mujer con fuerza interior y un montón de coraje (…) No se nos permite tener nuestra propia opinión. La gente quiere que mantengamos la boca cerrada, pero eso no te impide tener tu propia opinión. Todo el mundo debe poder decir lo que piensa. (…) ¡Las mujeres deben ser respetadas! En términos generales, los hombres son tenidos en gran estima en todas partes del mundo, así que, ¿por qué no pueden las mujeres tener su parte? A los soldados y a los héroes de la guerra se les honra y conmemora, a los exploradores se les otorga fama inmortal, los mártires son venerados, pero ¿cuántas personas ven a las mujeres también como soldados?”

También echa un poco de luz sobre su relación con Peter van Pels, un chico que había llegado a la “Casa de atrás” en enero de 1943. Era hijo de Hermann van Pels, un carnicero judío que también había escapado de Alemania y había montado con Otto Frank una pequeña empresa dedicada a la venta de especias. Ellos son los ocho ocupantes del escondite: los cuatro Frank, los tres Van Pels y el dentista Pfeffer. Anna encara una jovial charla con el jovencito van Pels, que tiene 16 años recién cumplidos cuando llega a la casa. Y deja todo anotado en su diario: “Le conté todo sobre las chicas, sin dudar en hablar de los asuntos más íntimos. Me pareció bastante divertido que pensara que la apertura del cuerpo de una mujer no salía en las ilustraciones. Él no podía imaginarse que en realidad estaba ubicada entre sus piernas. Terminamos la tarde besándonos cerca de la boca…”

Y luego revela un diálogo entre ambos: “Peter, en alemán la palabra ‘geschlechtsteil’ significa órgano sexual, ¿verdad? Pero entonces los órganos masculinos y femeninos tienen nombres diferentes”. El muchacho, tal vez atribulado, respondió que eso ya lo sabía, pero Anna insistió: “El femenino es la vagina, eso lo sé, pero no sé cómo se llama el de los hombres”. Peter lanzó un sabio e incómodo “Hmmm…”, y Anna protestó: “Bueno: ¿cómo se supone que vamos a conocer esas palabras?"

Una foto de Ana, junto a una inscripción donde expresa su deseo de verse siempre así y tener una oportunidad de ir a Hollywood. (Foto: AP)
Una foto de Ana, junto a una inscripción donde expresa su deseo de verse siempre así y tener una oportunidad de ir a Hollywood. (Foto: AP)

Tal vez Anna Frank pudo ser una gran periodista: en su diario despliega la crónica como una gran profesional; o pudo ser también una gran escritora porque aun a su corta edad, vivía sacudida por lo irremediable. “Me parece que lo mejor de todo es que, lo que pienso y siento, al menos lo puedo escribir; de lo contrario, me asfixiaría completamente”. Cuando los aliados invaden Normandía, Anna sabe que el fin se acerca: “¡Este es el día! ¡La invasión ha comenzado! (…) Conmoción en la Casa de Atrás. ¿Habrá llegado por fin la liberación tan ansiada, la liberación de la que tanto se ha hablado, pero que es demasiado hermosa y fantástica como para hacerse realidad algún día? ¿Acaso este año de 1944 nos traerá la victoria? Ahora mismo no lo sabemos, pero la esperanza, que también es vida, nos devuelve el valor y la fuerza”.

La esperanza, escribe Anna, que también es vida. El 4 de agosto de 1944, todos los habitantes de la Casa de Atrás fueron arrestados por la Gestapo. Si alguien los delató, si alguien los vendió por dinero, es algo que todavía está en investigación: sobran candidatos. Un mes después de la captura, el 2 de septiembre, toda la familia Frank fue trasladada en tren a Westerbork, un campo de concentración en el noreste de Holanda. Y de allí, en aquellos trenes cargados de deportados, a Auschwitz.

Los protectores de Anna y de su familia encontraron y atesoraron el diario y los papeles de Anna. Las dos chicas, Anna y Margot, pasaron un mes en Auschwitz y fueron enviadas a Bergen-Belsen, en el norte de Alemania, que era en sí mismo un campo de la muerte y el epicentro de todas las infecciones posibles: las dos murieron de tifus, poco antes de la liberación y del fin de la guerra. Otto Frank se encargó de publicar el diario de su hija, que sería traducido a setenta idiomas: existen varias ediciones y reediciones, con páginas agregadas y con fragmentos excluidos: da igual, es el deseo de Anna el que circula: “Cuando acabe la guerra —escribió— quisiera publicar un libro titulado “La casa de atrás”; aún está por ver si resulta. Pero mi diario podrá servir de base”.

Serie de fotos de Ana Frank. (Foto: AFP)
Serie de fotos de Ana Frank. (Foto: AFP)

La “Casa de atrás” es hoy un museo renovado. Hasta hace unos años lucía allí un Oscar dorado y brillante: perteneció a la actriz Shelley Winters, que lo ganó por encarnar a una de los protectores de la familia para la película “El diario de Anna Frank”, dirigida en 1959 por George Stevens: Winters lo donó en 1975 porque supo que a Anna le encantaban las historias de Hollywood.

El diario de Anna, escrito con emotiva sencillez, con delicada inocencia, permite aun hoy, el estilo no ha envejecido, recorrer sus pensamientos, su intimidad, sus sueños, sus deseos, sus decepciones, sus esperanzas, sus miedos, sus alegrías; su deambular como la chica que era, hecha un lío entre su despertar a la vida y su involuntaria vecindad con la muerte, entre sus esperanzas de libertad y su miedo a ser fusilada, entre el amor primero y aquella jaula gris que se le antojaba última: eligió escribir porque se asfixiaba. Y porque quería vivir, que es lo que quieren todos los chicos de 15 años. Aún es un espejo del espanto nazi.

Su diario es una recopilación de los varios cuadernos que escribió. Los de 1943 se perdieron. Sobrevivieron dos de 1944: uno abarca desde el 22 de diciembre de 1943 al 17 de abril de 1944; y el segundo del 18 de abril de 1944 al 1 de agosto de 1944.

Son esas páginas las que contienen la última entrada que Anna escribió antes de ser capturada, dirigidas a Kitty, su amiga invisible.

Leé también: La palabra que cambió la historia: el error de traducción que aceleró las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki

“Querida Kitty (…) Ya te he contado alguna vez que mi alma está dividida en dos, como si dijéramos. En una de esas dos partes reside mi alegría extrovertida, mis bromas y risas, mi alegría de vivir y sobre todo el no tomarme las cosas a la tremenda. Eso también incluye el no ver nada malo en las coqueterías, en un beso, un abrazo, una broma indecente. Ese lado está generalmente al acecho y desplaza al otro, mucho más bonito, más puro y más profundo. ¿Verdad que nadie conoce el lado bonito de Ana, y que por eso a muchos no les caigo bien? (…) Tengo mucho miedo de que todos los que me conocen tal y como siempre soy, descubran que tengo otro lado, un lado mejor y más bonito. Tengo miedo de que se burlen de mí, de que me encuentren ridícula, sentimental y de que no me tomen en serio. (…) Sé perfectamente cómo me gustaría ser y cómo soy por dentro, pero lamentablemente sólo yo pienso que soy así. Y ésa quizá sea, no, seguramente es, la causa de que yo misma me considere una persona feliz por dentro y de que la gente me considere una persona feliz por fuera. Por dentro, la auténtica Ana me indica el camino, pero por fuera no soy más que una cabrita exaltada que trata de soltarse de las ataduras. (…) Cuando se fijan tanto en mí, primero me pongo arisca, luego triste y al final termino volviendo mi corazón, con el lado malo hacia fuera y el bueno hacia dentro, buscando siempre la manera de ser como de verdad me gustaría ser y como podría ser… si no hubiera otra gente en este mundo. Tu Ana M. Frank”.

DEJANOS TU COMENTARIO

Top Semanal

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

LOCALES

NACIONALES

INTERNACIONES

DEPORTES

SOCIEDAD

FARÁNDULA