
Luego del conflicto con La Rioja, Vicuña avanza con su ruta de acceso por San Juan
Sociedad
Vanesa Bella, creadora de Cocina Astuta, confiesa que el hombre la tomó de rehén durante ocho horas y le disparó tres balazos antes de suicidarse. El proyectil que aún tiene alojado en el cuerpo y el reencuentro con su padre biológico
Lunes 14 de Septiembre de 2026
10:15 | Lunes 14 de Septiembre de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Vanesa Bella tiene hoy 2,3 millones de seguidores en Instagram, una cocina que ocupa buena parte de sus videos y una empresa propia de productos para la alimentación llamada Cocina Astuta. Está escribiendo un libro para Editorial Planeta. Sumando todas sus plataformas, su comunidad se acerca a los cuatro millones de personas.
La primera cocina que recuerda no tenía cámara ni seguidores. Era la de la casa de San Miguel donde le preparaba comida especial a Cacho, su padre de crianza, que era celíaco. “Creo que parte de mi amor por la cocina nació ahí”, contó Bella a Infobae. La última vez que cocinó en esa cocina le estaba haciendo un arroz con leche. Tenía 21 años. Era 2009 y cursaba el segundo año del profesorado de maestra jardinera. Su hijo Homero tenía tres.
PUBLICIDAD
Esa mañana Cacho la había llamado por teléfono para pedirle que lo acompañara a internarse en un centro psiquiátrico. Hacía semanas que no se levantaba de la cama. Hacía meses que les decía a sus hermanas y al padre de Homero que estaba pensando “cosas muy malas. Si no la hago mierda a Claudia, la hago mierda a Vanesa, para que Claudia sufra”, les repetía. Claudia era su madre. Cacho, hijo de yugoslavos, carpintero de aluminio, legítimo usuario de armas y cazador, llevaba años en una depresión que ningún tratamiento había logrado frenar.

Vanesa llamó a su tía Marta. Se tomaron un remís hasta un hospital psiquiátrico público de Los Polvorines, un distrito vecino, porque en San Miguel no había un lugar así. Las recibió una psiquiatra. Vanesa le pidió hablar a solas y le explicó la situación. Su padre amenazaba con suicidarse, con matar a su madre y con hacerle algo a ella. Tenía armas y él mismo había pedido venir porque quería internarse.
PUBLICIDAD
La psiquiatra hizo entrar a Cacho y a la tía. Delante de él le dijo que un paciente psiquiátrico no podía tener armas y que al volver a su casa debía entregárselas a su hija. “Mi viejo hizo así y me miró con una cara de: ‘¿Por qué me mandás al frente?’”, relata Bella. Después la psiquiatra agregó una frase. “Deje de amenazar, porque el que se quiere matar, se mata”.
Vanesa admite que Cacho “no tuvo una buena atención psiquiátrica. Él quería mejorar y no le dieron las herramientas”.
En el remís de vuelta nadie hablaba. Cacho rompió el silencio: “¿Viste que yo no tengo solución?”
Cuando llegaron a la casa, la tía le preguntó si quería que se quedara. “Su cara decía algo que sus palabras no decían”, sostiene Bella. Le dijo que se fuera. “No pensaba que él me podía llegar a hacer algo”, recuerda de ese momento.
PUBLICIDAD
“Pa, ¿querés que te haga arroz con leche?”, le preguntó. Cacho dijo que sí. Mientras revolvía la preparación escuchó dos sonidos. La llave de la puerta de entrada y después el ropero. “Yo sabía que en el ropero él tenía el arma”, cuenta la influencer. Cacho volvió hacia ella con el arma en la mano. “Llamá a tu mamá. Si ella viene, vos salís de acá. Si ella no viene, de acá no sale ninguno de los dos”, le dijo.
Vanesa llamó a Claudia. También consiguió avisarle a Cristian, el padre de Homero. Frente a ella había un ventanal grande que daba a la calle. Vio a Cristian cruzar la reja y entrar por el fondo de la casa. Cacho no lo había visto. Cuando lo descubrió, levantó el arma y le apuntó. “Tomátela, que no es con vos. Si te metés, la mato”, le dijo. Y disparó tres veces alrededor de Vanesa. Ella se tiró debajo de la mesa. Cristian tuvo que irse.
PUBLICIDAD
“Yo miraba por el ventanal esperando que apareciera alguien. Una persona. Un vecino. Cualquiera. Pero no veía a nadie”, sostiene. Lo que no sabía era que la calle estaba vallada. Había policías y efectivos del Grupo Halcón desplegados en la zona. Su madre estaba afuera y no podía entrar. “Por eso no pasaba nadie”, cuenta.
Estuvo encerrada con su padre desde el mediodía hasta aproximadamente las ocho de la noche. Cacho agarró el teléfono y empezó a llamar a sus hermanos para pedirles perdón y despedirse. A su madre no se atrevió a llamarla. En algún momento tomó un puñado de la medicación psiquiátrica que tenía y se la tragó entera.
PUBLICIDAD
Vanesa le pidió una pastilla. “No daba más”, recuerda de ese momento. También le pidió un cigarrillo. “Y él me mira y me dice: ‘Lo único que falta’. ¿Entendés la contradicción? Por un lado me estaba por matar, por otro lado me estaba cuidando”, cuenta Vanesa.
Tomó la pastilla. Se fue quedando dormida apoyada contra la pared. “Yo me acuerdo que caigo dormida”, afirma. Cacho la levantó y la llevó hasta la habitación.
PUBLICIDAD
“Me desperté porque mi papá me estaba disparando - relata la influencer-. Lo miré a los ojos. Le dije: ‘Pará’. Siguió”.
Disparó cinco veces. Tres tiros la alcanzaron. Uno le perforó el pulmón. Otro le quedó alojado en la axila, donde todavía hoy se puede tocar el proyectil. El tercero le rozó un brazo. Cacho sabía usar armas y había ido a cazar durante años. “Siempre me pregunté por qué un tipo que la tenía tan clara medio que pegó para cualquier lado”, admite Bella. Su teoría es que la cantidad de medicación que había tomado le afectó la puntería.
PUBLICIDAD
Se sentó en la cama. Enfrente había un espejo. Se vio ensangrentada. Agarró una sábana y se la ató alrededor del cuerpo. Tuvo sueño. “Tuve un momentito en el que dije: ‘Si quiero, me voy’”, relata. Pero ya existía Homero. “Yo ya era la mamá de alguien. Y decidí que no me podía dormir”, sostiene emocionada.
Se tiró de la cama al piso y se fue arrastrando hasta el living. Cacho estaba tirado en el suelo. Se había disparado en la boca. Había un charco de sangre alrededor de su cuerpo. “Me acuerdo que cuando yo llego lo empiezo a tocar con miedo, con miedo a que se despertara”, relata. Le sacó el teléfono inalámbrico del bolsillo y marcó el único número que se sabía de memoria. “Cristian, vení a sacarme de acá porque mi papá ya se murió y yo me estoy muriendo.”
PUBLICIDAD
Se desmayó. Cuando volvió a abrir los ojos estaba en un hospital. Había sobrevivido. Cacho no.
Veinte días después todavía tenía las vendas puestas. Pidió un flete, el del hermano de una amiga, porque no tenía plata para pagar uno. Se separó de Cristian, agarró sus cosas y las de Homero y se fue a vivir a la misma casa donde su padre le había disparado y se había quitado la vida. “No porque quisiera volver. Porque era lo que tenía”, sostiene Vanesa.
Volvió a caminar por las habitaciones. Volvió a pasar por el living.
“Luego del episodio con Cacho tuve ataques de ansiedad nocturnos y también de día - recuerda en la entrevista-. Tapaba todo con fiestas, marihuana y alcohol”. Hubo una época en la que iba a buscar la leche que entregaban en el barrio y recibía tarjetas de asistencia del Estado.
Vanesa no iba al psicólogo. No hacía ningún tratamiento. “Yo pensaba que estaba bien”, explica la influencer. Hasta que un día, en un supermercado con Homero, su cuerpo la obligó a frenar. “De repente, sentí que me moría. Salí corriendo. Fue mi primer ataque de pánico”, relata.
Se peleó con su madre. Estuvieron tres años sin hablarse. “Si mi vieja estaba cerca, mi vieja me iba a hinchar los huevos si tomaba mucho, si fumaba. Yo no quería que nadie me controlara”, explica. Con el tiempo se reconciliaron. “Fui yo, hablé yo y de a poco fuimos fortaleciendo esa relación”, recuerda.
Terminó el profesorado y se recibió de maestra jardinera. Trabajó durante seis años en jardines de infantes. En paralelo se sumó a una empresa vinculada a suplementos y nutrición donde armó un Fit Club en el que llegó a trabajar con más de 200 personas. También trabajó de tequilera con un grupo de mariachis. “No tenía un plan perfecto. Tenía la certeza de que no quería volver a depender de nadie para poder elegir mi vida”, admite Vanesa.
“Creo que el dolor hay que aceptarlo, sentirlo y atravesarlo”, dice Bella.
Para entender lo que vino después hay que volver a su infancia. Vanesa nació en 1987 en San Miguel, en el conurbano bonaerense. Desde chica tuvo la sensación de que algo en su historia no encajaba. Tenía un tío al que quería mucho que se llamaba Lito, le enseñaba a bailar, la visitaba siempre. “Era un modelo, tenía un pelo hermoso, largo y ojos verdes”, recuerda. Cuando Vanesa tenía cinco años, Lito se fue. “Ahí se apagó mi infancia”, dice.
A los ocho años le pidió a su madre un hermanito. Claudia le respondió que podían adoptar. “Pero ¿por qué? Si ya me tuvieron a mí, ¿por qué van a adoptar?”, preguntó la nena. Claudia no contestó. La duda quedó flotando durante décadas.
Años después del episodio con Cacho, Vanesa descargó Snapchat. Se sacó una foto con el filtro que convertía una cara de mujer en una de hombre. “Cuando me veo en el celular digo. ‘Igual a Lito’”, relata. El parecido era demasiado grande.
No se animó a preguntarle a su madre. Hasta que una tarde Claudia la vio mal, tomando cerveza en el fondo del patio. Se sentó al lado con el mate. “Te tengo que contar algo”, le dijo. Vanesa la miró: “Lito, ¿no?”. “Sí.”
Claudia le explicó que después de años de tratamientos de fertilidad y de descubrir que ella no tenía ningún problema, había tenido un encuentro con Lito en un momento de crisis con Cacho y quedó embarazada. Cacho le había dicho que ella “no servía ni para tener hijos”. Para Claudia aquel embarazo fue un milagro, pero Cacho era un hombre al que le tenía miedo y contarle la verdad podía tener consecuencias que no sabía cómo enfrentar.
Vanesa consiguió el teléfono de Lito a través de una prima. Le mandó un mensaje con fotos de la infancia como excusa. Lito le respondió enseguida. “Hola Vane, qué lindo saber de vos. Me emociona hasta las lágrimas que me escribas”. Pasaron casi dos años sin que ella se animara a hacer la pregunta. Lito, que vivía en Corrientes frente al río Paraná en un complejo de cabañas que había construido después de dejar una empresa de lonas para camiones, la invitaba a visitarlo. “Tenemos que hablar nosotros”, le decía cada tanto.
Lito tenía dos hijas. Vanesa había crecido como hija única.
En su cuarto viaje a Corrientes, Homero la acompañó. Su psicóloga y sus amigas le habían dado una instrucción. “Esta vez hablá. Apenas llegues. Basta”. No hizo nada de eso.
Llegaron al mediodía. Los esperaban con un asado. Había vino. “A papá Lito le encanta el vino, a mí también”, cuenta. Una copa le daría coraje. Después vino otra. Después otra. Seguía sin preguntarle.
Cayó la tarde. En el complejo hay una pileta climatizada desde donde se ve el Paraná. Pusieron música. Ya se hacía de noche cuando Vanesa se puso a hablar con Micaela, una de las hijas de Lito. Se contaban intimidades. En un momento Vanesa la miró: “¿Mica?”. “¿Qué?”. “¿Vos sabés?”. “Sí”. “¿Pero hace cuánto?”. “Desde siempre”.
Vanesa necesitaba estar segura de que hablaban de lo mismo. Miró a Cristian, el novio de Micaela, que estaba unos pasos más lejos: “¿Ella sabe que vos sos mi cuñado?”. “Sí”, le respondió.
Micaela le explicó que su padre nunca la había ocultado. Siempre les había dicho a sus hijas y a las mujeres que habían estado en su vida que tenían una hermana mayor llamada Vanesa.
Vanesa miró hacia donde estaba Lito. “Lito, quiero hablar con vos.” Él respondió: “Esperá que me siento”. Se sentó. Le puso una mano sobre el hombro. Se le llenaron los ojos de lágrimas antes de que ella dijera nada. “¿Qué pasa, mi vida?”
“Yo quiero saber si vos sos mi papá.” Lo primero que Lito dijo fue: “Dios existe”. Después: “Sí, mi vida. Yo soy tu papá”.
Llamaron a todos. Terminaron metidos en la pileta. Decían que aquello era su bautismo. A la mañana siguiente Vanesa se despertó y no estaba segura de si lo había preguntado o no. “Habíamos tomado tanto vino que cuando me desperté pensé: ¿se lo pregunté?”, recuerda. Lo había hecho.
Después de su separación matrimonial, Vanesa estaba en el patio de su casa con su madre y miró hacia arriba, hacia el pino. “Me voy a hacer una casita en el árbol”, le dijo. “Cómo rompés las pelotas con la casita en el árbol”, le contestó Claudia. Era un pedido que arrastraba desde la infancia y que nadie le había cumplido. Esta vez lo hizo ella. Construyó una habitación alrededor de un árbol en el patio. Se fue a dormir ahí. Todavía hoy duerme y trabaja en esa casa.
La misma mujer que a los 18 se había ido a vivir a una casita sin agua y con el baño afuera para escapar de una casa donde no encontraba paz, y que a los 21 había tenido que volver al lugar donde casi muere porque no tenía otra opción, se construyó su propio lugar.
Desde esa casa del árbol y desde una cocina de ladrillos con baldosas encima y una cortinita que tapaba la parte de abajo, Vanesa Bella empezó a subir contenido a Instagram con un celular. Compartía recetas saludables. Cuando llegó la pandemia creó los “Desafíos 11 días”. Eran grupos de hasta 500 personas que durante once días trabajaban sus hábitos de alimentación acompañadas por nutricionistas. Hacía dos desafíos por mes. “Yo recontralaburadora. Le metía reel, reel, reel, reel”, sostiene la influencer.
Un día mostró algo que para ella era cotidiano. Hizo un reel de cómo organizaba su freezer. En seis meses sumó un millón y medio de seguidores. Escribió ocho libros digitales. El más vendido, Cien recetas para congelar, fue el ebook más descargado de Argentina. Creó Cocina Astuta, una empresa con productos orientados a la organización en la alimentación. Vende picadoras, bolsas herméticas y guías en formato PDF. Hoy, además, escribe un libro para Editorial Planeta.
La primera vez que contó su historia en público fue en un seminario en Escobar, ante 50 mujeres. “La gente me abrazaba, me agradecía, tenía los ojos llenos de lágrimas - recuerda en diálogo con Infobae-. Contarlo fue como salir del clóset”.
Como la muerte de Cacho no había sido natural, Vanesa tuvo que esperar diez años para poder cremar sus restos. Tampoco había estado en su velorio. Mientras otros lo despedían, ella estaba internada en un hospital. Cuando finalmente pudo hacerlo, se reunieron las personas que lo habían querido. Pusieron chamamés, la música que le gustaba a él. Hicieron un pozo en la tierra, pusieron las cenizas y plantaron un árbol. Un jacarandá. Hoy crece a la derecha de la casa del árbol.
“Hace poco encontré además una billetera vieja de Cacho - revela la influencer-. Llevaba años guardada y yo nunca la había revisado. La abrí. Adentro había una foto. Éramos él y yo.”
Cada mañana Vanesa Bella se despierta en su casa del árbol. Mira hacia un costado. El jacarandá de Cacho sigue creciendo y la relación con su padre Lito también.
Vanesa le ofrece arroz con leche a Cacho y escucha la llave de la puerta



La vuelta de Vanesa a la casa donde vivió el horror

Vanesa se saca una foto con un filtro de Snapchat y ve la cara de Lito


Vanesa lo encara a Lito


La casa del árbol y el recuerdo de Cacho

DEJANOS TU COMENTARIO
Las Más Vistas

Luego del conflicto con La Rioja, Vicuña avanza con su ruta de acceso por San Juan

Una camioneta con pedido de captura fue interceptada en barrio Aguadita de Vargas

Una mujer fue trasladada al hospital tras ser encontrada desorientada en la vía pública

Detuvieron a un hombre tras ser sorprendido dentro de una vivienda en barrio Ricardo Primero

Detuvieron a un joven tras protagonizar un conflicto familiar en barrio Hospital
Top Semanal
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
LOCALES
Por pedido del gobernador Ricardo Quintela: El Banco Rioja trabaja para profundizar la baja de tasas
NACIONALES
INTERNACIONES
DEPORTES
SOCIEDAD
FARÁNDULA