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El pontífice recorrerá París, Lourdes y Metz en una visita marcada por multitudes, un fuerte operativo de seguridad y mensajes sobre migración, Europa y el futuro de la Iglesia
Jueves 24 de Septiembre de 2026
19:10 | Jueves 24 de Septiembre de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Cuatro días, tres ciudades, un millón de personas previstas y cerca de 15.000 policías, gendarmes y militares para protegerlas. A partir de este viernes 25 de septiembre, el papa León XIV, primer pontífice estadounidense de la historia, pondrá un pie en Francia por primera vez desde su elección.
Un viaje con tintes de travesía: de París, capital de un país laico, a Lourdes, capital de los peregrinos, y de ahí a Metz, la puerta de Europa. Y al final, un mensaje que Francia, a siete meses de las presidenciales, quizá no tenga muchas ganas de escuchar demasiado.
El programa, sumamente denso, se desarrollará del 25 al 28 de septiembre bajo el lema “Para que el mundo tenga vida”. El viernes, el avión pontificio aterrizará en Orly a las 10 (hora local). El Papa se dirigirá al palacio del Elíseo para reunirse con el presidente francés, Emmanuel Macron, saludará a las autoridades y al cuerpo diplomático, pronunciará un discurso en la Unesco a las 15 y, posteriormente, recorrerá París en el papamóvil, desde el boulevard Montparnasse hasta la plaza Saint-Michel.
Le seguirán unas vísperas en la catedral de Notre-Dame, reservadas al clero, y una vigilia en el Stade de France con 80.000 jóvenes, cuyas entradas se agotaron en apenas media hora.
El sábado, a partir de las 9, León XIV visitará la Maison Bakhita, un centro de acogida para exiliados. Se reunirá con los miembros de la asamblea sinodal en el Instituto Católico de París y, a las 15, celebrará una misa al aire libre en la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos: un evento inédito que transformará la avenida más famosa del mundo en una nave catedralicia a cielo abierto.
Por la noche, volará hacia Lourdes. El domingo, se reunirá allí con los obispos de Francia, celebrará la misa en el santuario y cerrará la jornada con la procesión de antorchas. Finalmente, el lunes 28, se dirigirá a Metz, en el este del país, para un encuentro interreligioso en el Centro de Congresos Robert Schuman. Dará un discurso sobre Europa y una misa en la catedral de Saint-Étienne, antes de regresar a Roma al caer la tarde.
En París, se esperan alrededor de un millón de personas durante dos días. Según las autoridades, 600.000 asistirán únicamente a la misa de la Concordia y 250.000 se concentrarán a lo largo del recorrido del viernes.
El Ministerio del Interior ha anunciado la movilización de 15.000 efectivos en la capital, entre policías, gendarmes, fuerzas móviles y militares de la operación Sentinelle, apoyados por 2500 bomberos, francotiradores en posiciones elevadas y dispositivos antidrones. Se cerrarán estaciones de metro, se establecerán perímetros de seguridad y se impondrán controles de registro.
En Lourdes, más de 3000 agentes de las fuerzas del orden velarán por 50.000 fieles el sábado por la noche y hasta 150.000 el domingo.
En Metz, 3400 policías nacionales y 971 gendarmes y militares acompañarán al Papa en los 2,2 kilómetros de su recorrido en el papamóvil y durante la misa, que contará con 12.000 asistentes. El país se mantiene bajo el nivel de alerta “Vigipirate: vigilancia reforzada”.
Queda la cuestión económica. Aunque inicialmente se estimó en 12 millones de euros, la cifra ascendió a 27 millones. La división de responsabilidades es clara: el Vaticano sufraga el viaje del Papa y su delegación. El Estado financia la seguridad y la gestión del tráfico, y la Iglesia francesa asume todo lo demás —liturgia, sonido, alojamiento, logística— sin subvenciones públicas, gracias a las donaciones de los fieles y al mecenazgo.
La diócesis de París necesita unos 20 millones de euros y, según las últimas informaciones, solo ha recaudado siete. La historia reciente sirve de advertencia: la visita de Francisco a Marsella en 2023 costó 2,3 millones de euros, y la de Ajaccio en 2024, unos 2,7 millones.
El lema escogido para esta visita, “Para que el mundo tenga vida”, marca el tono: León XIV viene a hablar de la dignidad humana, de la fragilidad y del sentido de la existencia. En la Unesco, se espera un alegato en favor del arte, la educación y una concepción de la vida que escape a la mera lógica utilitaria, con el trasfondo de los interrogantes que plantea la inteligencia artificial. También viene a respaldar a una Iglesia más pequeña que antes, pero no resignada, sacudida por los escándalos, en un país que se cuestiona a sí mismo.
La etapa en Metz es la de mayor carga política. Emmanuel Macron invitó a los líderes de los 27 Estados miembros de la Unión Europea a escuchar al Papa hablar sobre las “raíces de Europa, la paz y la unidad”.
El lugar no es neutral: Metz, que cambió de soberanía entre 1871 y 1945, es la ciudad de Robert Schuman, el padre de la declaración de 1950 que dio origen a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Schuman está en proceso de beatificación, tras haber sido declarado “venerable” por Francisco en 2021. La catedral lo honrará como “siervo de Dios”.
El Papa pronunciará allí un mensaje tanto espiritual como político: la paz, el Estado de derecho y la reconciliación de los antiguos enemigos, en un momento en que la guerra en Ucrania se prolonga, las relaciones transatlánticas se tensan y la Unión Europea duda de su papel en el mundo. Oficialmente, no es una cumbre europea, sino un encuentro interreligioso.
En la práctica, es un estrado que el presidente francés ha transformado hábilmente en un escenario diplomático, respetando siempre la laicidad: sólo asistirá a los actos institucionales, pero no a las misas.
Desde el sábado por la mañana, antes de la gran misa, León XIV ha elegido detenerse en un lugar donde se habla de aquellos a quienes Francia a veces prefiere no mirar: la Maison Bakhita, un centro de acogida diocesano nacido del llamado de Francisco en 2017 para “acoger, proteger, promover e integrar” a los migrantes.
Lleva el nombre de Santa Josefina Bakhita, una esclava sudanesa que se hizo religiosa, y recibe a las personas sin condiciones, independientemente de su situación administrativa. La visita durará solo 30 minutos, pero es un símbolo: siete meses antes de las presidenciales francesas, mientras la inmigración domina el debate público, el Papa elige ir adonde se acoge al extranjero y no adonde se le combate. “Sean cuales sean nuestras convicciones políticas, todos somos seres humanos con derecho a la dignidad”, resume la presidenta de la asociación.
En Lourdes, esa misma atención a los más vulnerables se manifestará de otra forma: un encuentro a puertas cerradas en la Iglesia con siete víctimas de violencia sexual, en un santuario cuya basílica cubrió los mosaicos de Marko Rupnik, el sacerdote acusado de abusos. El gesto comunica que la Iglesia no será escuchada hasta que no mire sus heridas de frente. En cuanto a los presos, no se ha previsto ninguna visita a cárceles en el programa francés. Sin embargo, León XIV convirtió este acto en uno de los momentos culminantes de su viaje a Barcelona en junio, en la prisión de Brians 1, donde declaró: “Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona”.
Ahí reside el desafío. Francia es uno de los países más secularizados de Europa, con apenas unos tres millones de católicos practicantes. Pero las señales están cambiando. Alrededor de 13.000 catecúmenos fueron bautizados en Pascua, los bautismos de adultos aumentan, las peregrinaciones vuelven a atraer multitudes y la vigilia en el Stade de France agotó sus entradas en un abrir y cerrar de ojos. Una juventud en busca de sentido, cansada del ruido, parece estar redescubriendo el silencio de las iglesias. La visita determinará si la palabra pontificia aún puede llegar más allá de París y si el eco de la Plaza de la Concorde se prolonga más allá de los titulares del fin de semana.
En todo caso, el papa León XIV parece haberse ganado el corazón de los fieles, aunque no solo de ellos. Según un estudio de Odoxa-Backbone Consulting para Le Figaro, el 82% de los franceses tiene una buena opinión del Sumo Pontífice, una cifra que alcanza el 92% entre los católicos y que nunca baja del 80%, independientemente de la tendencia electoral.
Pero, obviamente, el viaje papal juega en dos registros. El primero es diplomático: León XIV será recibido en el Elíseo por invitación del jefe de Estado, de la Iglesia de Francia y del director general de la Unesco, en un contexto electoral donde la extrema derecha parece estar en posición de fuerza. El segundo es popular: la misa en los Campos Elíseos, el papamóvil por el boulevard Montparnasse y la procesión de Lourdes. El papa estadounidense, cuya abuela paterna tenía vínculos con Francia, busca conectar tanto con las masas como con las cancillerías.
Desde hace casi medio siglo, Francia ha recibido en numerosas ocasiones a los sucesores de Pedro. Juan Pablo II realizó ocho viajes al país, desde su primera visita, en 1980, a París y Lisieux, hasta la última, en 2004, a Lourdes. En el camino pasó por Lyon y Annecy en 1986, Estrasburgo en 1988, Reims en 1996 por el 1500° aniversario del bautismo de Clodoveo y, especialmente, París en 1997, donde encabezó las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Benedicto XVI visitó Francia una sola vez, entre el 12 y el 14 de septiembre de 2008, con escalas en París —donde pasó por el Collège des Bernardins, Notre-Dame y Los Inválidos— y Lourdes. Francisco, en cambio, privilegió otros destinos: Estrasburgo en 2014, para hablar ante el Parlamento Europeo y el Consejo de Europa; Marsella en 2023, y Ajaccio en diciembre de 2024.
Así, la última visita de un papa a París se remonta a 2008, hace 18 años.
León XIV llega pues a tomar el relevo. Queda por ver qué es lo que Francia, entre el fervor y la desconfianza, recordará de estos cuatro días.
Medidas de seguridad
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El mensaje

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