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Marcha en Madrid contra el gobierno español

La derecha española intentó llenar la plaza para hacer caer al socialista Pedro Sánchez. Pero no logró su objetivo.

Domingo 10 de Febrero de 2019

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Alentada por el éxito reciente de su rama ultra en Andalucía, Vox, la derecha española, compuesta por los conservadores de Ciudadanos, los derechistas del Partido Popular, y aquellos ultramontanos, se propuso este domingo llenar la Plaza de Colón de Madrid para hacer caer el Gobierno socialista. Pero pinchó de manera tan inesperada como preocupante para sus intereses.

Acusaron a Pedro Sánchez de chantajista y traidor, y para sustanciar sus invectivas hicieron decir a tres periodistas, desde el estrado, algunas mentiras que resaltaron como yemas oscuras entre las soflamas.

Para Juan José Millás, uno de los más lúcidos columnistas españoles, novelista que ahora forma parte del jurado del premio Clarín, esa amalgama que sigue el camino trazado por Steve Bannon para hacer de Europa un mapa azul de derechas se planteó un lleno y se quedó demediada.

45.000 personas se congregaron donde los gais juntan cerca de 200.000 cada año de su orgullo y donde los propios obispos, en su manifestación de hace una década contra el matrimonio homosexual, fueron capaces de reunir a una asamblea mayor de descontentos. Eso le hizo decir a Millás que la derecha quiso tener el graderío de un Barça-Madrid y la cosa quedó en un aforo de segunda regional.

El motivo de la protesta fue un rifirrafe sobre una supuesta concesión de Sánchez al independentismo catalán. Por eso lo llamaron, entre una parafernalia de descalificativos, traidor y felón. Rellenaron esos rubros con noticias sobre felonías cometidas por el tambaleante ejecutivo socialista. Algunas de estas noticias eran francamente exageradas, como lo fue para Mark Twain la noticia falsa de su propia muerte.

 

En principio, esos partidos representados en Colón esgrimieron la supuesta venta de la unidad de España a los secesionistas catalanes. Sánchez había aceptado la presencia de una especie de relator en las reuniones entre el Gobierno español y el Govern catalán, lo que a muchos sectores, incluidos ciertos altos mandos socialistas, no les pareció una idea saludable. Ese nombramiento no llegó a hacerse práctico, y de hecho Sánchez decidió ahogarlo antes de nacer, aunque ya la manifestación, decidida y alentada por ese motivo y por la “alta traición” que suponía, estaba en marcha.

Casado, Rivera y Abascal, los líderes de la derecha, el centro y la ultraderecha, no midieron los adjetivos que según ellos merecía Sánchez por esa supuesta venta de la Patria. Y armados de ese vocabulario llegaron a la plaza con el deseo de llenarla. Al estrado decidieron que fueran tres periodistas de su propia adscripción a leer el manifiesto que ponía en orden sus graves acusaciones al presidente.

Hicieron del prontuario un discurso de dudosa credibilidad incluso para periodistas partidarios. Pues leyeron que Sánchez había aceptado imposiciones de los separatistas que de hecho nunca fueron tomadas en cuenta, entre ellas que Sánchez se saltaba la Constitución para alentar a los independentistas. Justo el día anterior, en Baracaldo, la tierra de la Pasionaria, el presidente español había asegurado: “Dentro de la Constitución, todo, y fuera de la Constitución, nada”. Esa acusación no fue revisada por los panelistas y se incluyó como propia de los manifestantes tal como, además, la había dicho el presidente atacado.

La más sobresaliente posverdad esgrimida para avergonzar a Sánchez fue que éste aceptó los veintiún puntos propuestos por el independentista Torra, líder del govern catalán, para alcanzar la nunca aceptada ni discutida autodeterminación de Cataluña. Lo que no ha ocurrido como si ya hubiera ocurrido.

Menudearon otras mentiras, chiquitas pero relevantes, en el manifiesto, que se deshizo al final como una apelación enfática que no consiguió apelar al entusiasmo de la ciudadanía. El graderío, que no llegó a niveles de plebiscito, se fue diluyendo como la cita previa para el vermut madrileño del mediodía.

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