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Tras su retiro, integró el grupo de cumbia “Los Chakales”, fundó “El Choque urbano” con sus hermanos y fue participante de un reality show de cocina. El curioso camino de un hombre multifacético.
Jueves 01 de Enero de 2026
09:31 | Jueves 01 de Enero de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
Sebastián Ablín guarda tan solo una camiseta de su paso como futbolista profesional por River. Admite que a veces se detiene a pensar qué habría pasado si hubiera seguido por ese camino, aunque entiende que la vida le ofreció nuevas oportunidades tras dejar ese ambiente en el que siempre se sintió como un “bicho raro”.
“Ni siquiera me esperaba ir a entrenar con Primera. Fue asombroso porque estaba viendo a todas las personas que yo veía en la tele y que eran mis ídolos. Pero después el vestuario fue cambiando”, cuenta Ablín, a quien muchos conocen como “El Ruso”, en diálogo con TN.
A sus 53 años, y con cierta ironía, el exfutbolista recuerda que por esos tiempos “cometió el error” de contarles a sus compañeros que hacía terapia, algo que fue tomado como una debilidad y que le valió el apodo de “El Loco” dentro del vestuario.
“El vestuario dejó de ser esa cosa soñada y que uno idolatra, sino que fue un lugar en donde gente que juega muy bien al fútbol disputa mucho dinero, tanto en contra de otros como entre los mismos compañeros. Y eso, cuando uno no está preparado, se siente muy fuerte. Es muy difícil si uno no tiene un ego muy fuerte”, afirma el exdefensor, que en ese puñado de partidos que disputó en el Millonario tuvo como rivales a históricos como Diego Latorre, Gabriel Batistuta y Rubén Paz, entre otros.
Consultado sobre si considera que el ambiente del fútbol es tóxico, no duda: “Para mí es más que eso, lo que no significa que no crea que los jugadores encuentren alegría y se puedan desarrollar y ser buena gente. Yo me refiero a que los espacios en donde se disputa tanto dinero, hay muchas personas que no están tan preparadas para eso y se vuelve un lugar tenso para ser feliz”.
En parte por esa sensibilidad especial, la aventura de Ablín como futbolista duró poco: una lesión que sufrió en un partido amateur le hizo perder regularidad y empezó a alejarlo de las canchas. Tiempo después, les comunicó a Sabella y Gallego que no quería seguir jugando: “Se agarraron la cabeza. El Tolo me decía ‘Ruso, podés ganar plata con esto, ¿estás loco?’ Y yo le decía que quería estudiar”.
Tras esa salida de River, se recuperó de la lesión de la rodilla y se fue a jugar a Defensa y Justicia. Luego le llegó una oferta del Lugano de Suiza y aceptó, pero un día antes de viajar se tiró para atrás. “Me agarró miedo. Yo de chico me mudé mucho de países por mi familia y se ve que eso me jugó en contra”, admite. Ese fue el punto final para su carrera deportiva, pero en paralelo ya había empezado a incursionar en otra pasión: la música. Había empezado a tocar la batería con el grupo de cumbia "Los Chakales" y era cuestión de tiempo para que formara una agrupación con sus hermanos que recibiría el nombre de “El Choque Urbano”.
En un partido de Reserva de River, Ablín había empezado el partido como lateral derecho titular y, en el segundo tiempo, entró un chico que ya prometía por su enorme talento. Ese pibe se llamaba Marcelo Gallardo.
“Apenas le dan una pelota sobre la raya, engancha contra su marcador y tira un caño. A mí me salió un ‘Olé’ muy fuerte y el mundo se detuvo. Para mí era un pibito que empezaba a jugar y me parecía muy importante reconocerle esa jugada, pero no es muy común que eso pase en el fútbol, ni si quiera entre compañeros”, recuerda el exdefensor y cuenta que el árbitro Juan Bava se apiadó y no le sacó tarjeta amarilla por el exabrupto.
“Años después, en el libro de la biografía de Gallardo, le preguntaron cuándo se había sentido más reconocido dentro de un campo de juego y contó esa anécdota y me nombró”, relata, emocionado, Ablín.
El Muñeco pagó ese reconocimiento con un gran gesto casi 30 años después. En 2019, “El Choque Urbano” fue invitado a tocar en el estadio Monumental como parte de los festejos por el primer aniversario de la Copa Libertadores conseguida ante Boca en Madrid. El día previo, en los ensayos, Ablín les mostró fotos de su época de jugador a los agentes de seguridad privada y consiguió que le avisaran a Gallardo que estaba ahí.
El DT de River lo hizo pasar al vestuario, lo recibió con sus ayudantes, Matías Biscay y Hernán Buján, y luego no solo le presentó a todo el plantel, sino que le pidió que cantara una canción para ellos: “Se me inundaron los ojos de lágrimas, no lo podía creer. Cuando terminé de cantar hubo un gran aplauso. Para mí eso fue una especie de reparación: la oportunidad de volver a verlo a Marcelo, que me diera un abrazo y de reencontrarme con ese momento de River, que es una parte de mi vida muy especial”.
Aquella lesión que empezó a alejarlo del fútbol lo hizo, al mismo tiempo, acercarse a la música. Un primo que tocaba la guitarra le presentó a Ablín a un amigo suyo que era baterista. Fue esa persona quien le dio sus primeras clases. Aunque era fanático de Sting & The Police, sus pasos iniciales los dio en el mundo de la cumbia. “Preferí eso a irma a jugar a Suiza”, bromea, con algo de verdad en el relato.
Sebastián se sumó al grupo “Los Chakales”, recordados por su hit “Vete de mi lado”. “Hacía los pasitos, tocaba en Metrópolis y me iba a ver mi familia. Ahí empecé a tocar la batería más seriamente”, señala y el recuerdo le ilumina la cara.
En paralelo, se integró a una banda que funcionaba dentro del grupo de teatro Catalinas Sur. A partir de esa experiencia, en 2001 y en plena efervescencia social en la Argentina, nació “El Choque Urbano”, el proyecto que creó junto a sus hermanos Santiago y Manuel Ablín, y su cuñada Analía González. Empezaron imitando a Stomp, la reconocida agrupación inglesa de percusión, y después crearon sus propias escenas hasta desarrollar espectáculos completos.
Estas piezas, con melodías, coreografías, letras y guiones absolutamente originales, llevaron a la agrupación a recorrer más de 20 países, entre los que se encuentran destinos tan exóticos como Siria o Corea. En sus comienzos se presentaban ante audiencias de siete personas, pero con los años llegaron a hacer shows para decenas de miles de personas en River, el estadio mundialista de Mendoza o los festejos del Bicentenario en Plaza de Mayo.
Ese éxito de “El Choque Urbano” le permitió a Sebastián empezar a conocer los restaurantes más destacados de la Ciudad de Buenos Aires. Se sentaba en las barras y charlaba con los trabajadores para absorber información. Eso sumado a que, cuando era chico, su papá había probado suerte con un emprendimiento gastronómico. Así se encendió otra llama de pasión.
Un día de 2015, “El Choque Urbano” fue invitado a hacer una participación en TV y justo ese día se estaba haciendo el casting para la quinta edición del reality MasterChef. Su hermano Manu lo convenció de anotarse y su carisma lo llevó a quedar entre los elegidos para participar.
“Entré al programa sin haberlo visto nunca, sin conocer el formato ni a los chefs, solo a Donato (De Santis) ubicaba”, reconoce, al mismo tiempo que asegura: “La pasé mal porque siempre fui muy sensible y ahí te la dan, te agarran el ego, te lo tiran al piso y te lo pisotean. Además, saben todo de tu vida y linkean lo que pasa ahí con tus emociones anteriores”.
Sin embargo, destaca que se quedó con el amor del público por su faceta cómica y divertida: “Metía muy buenas escenas clave, tuve varios Trending Topic (tendencias) en Twitter en esa época con algunas frases muy graciosas. Siempre tenía problemas con la comida y eso muchas veces garpa más que hacer un plato bueno porque la gente se identifica más con los que tienen problemas que con los que te hacen algo súper elaborado”.
Más allá de que vivió algunos momentos de angustia, Sebastián subraya las enseñanzas que le dejó el reality: “Aprendí mucho de cocina: conceptos de protagonismo en el plato, de cantidades, de colores, de temperaturas, de cocciones. Y también a perder el miedo: perdí el miedo a cocinar cualquier cosa”.
“Mi especialidad son los fuegos y las sartenes. Pero yo me animo a hacer un pickle de venado de jengibre para el sushi. También puedo hacer un budín salado o uno dulce”, cuenta quien hoy junto a su pareja es dueño de “El ingrediente secreto”, un emprendimiento de catering para artistas con opciones “saludables, ricas y baratas”.
Entre todas estas ocupaciones y oficios, Sebastián también tuvo un puesto estable como sonidista en la Biblioteca Nacional. Luego de que no le renovaran el contrato, se enfocó en la música, la cocina y también hace traslados con su camioneta.
“Hoy al fútbol lo disfruto con mi hijo, con mi viejo y con mi familia. La cocina está presente en cada momento, porque si hay algo que a mí me gusta es cocinarle a la gente. La música es la disciplina madre: ahí encontré el gol que no encontré en el fútbol”, sostiene.
Y traza un paralelismo entre el fútbol y la música: “Hay mucha exposición, miedo, vértigo. Hay mucho de convencer, de persuadir, de encantar y de transformar al otro a través de la transformación de uno”.
“La ventaja de la música para mí es la calidad de la gente y que es algo que dura casi hasta la muerte, porque el fútbol solo podés practicarlo durante una determinada cantidad de tiempo”, reflexiona.
Consultado sobre si alguna vez se arrepiente de haber dejado el camino del deporte y la posibilidad de haber tenido una carrera exitosa y millonaria, es tajante: “Sería un hipócrita si digo que no pienso en eso. Pero la pregunta debería ser: ¿Volvería atrás perdiendo todo lo que viví por las decisiones que tomé? Yo no borro nada: estoy contento con el hijo que tengo, con las personas que conocí, con los países que visité, con los grupos que formé y con el lugar en donde vivo. No cambio nada de lo vivido por volver a la incertidumbre de lo que podría haber sido”.
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