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En la casta, la casta siempre es el otro

Hay una escena que se repite en la política argentina y que en estos días volvió a quedar expuesta.

Jueves 01 de Enero de 2026

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20:09 | Jueves 01 de Enero de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

 Dirigentes que denuncian con dureza, que señalan con el dedo y se suben al pedestal moral del “anticasta”, pero que cuando se corre el foco quedan atrapados en su propio espejo. Y del otro lado, gobiernos provinciales que responden cerrando filas, victimizándose o refugiándose en viejos esquemas de poder que también muestran señales de agotamiento
 
Martín Menem apunto contra el gobierno de La Rioja. Desde Buenos Aires, con un video editado y cifras lanzadas al aire, construyó un relato donde todo parece resumirse en una sola idea: corrupción provincial y recursos mal usados. Un mensaje pensado para generar impacto, indignación y posicionamiento político.
Hasta ahí, nada nuevo. La política también es denuncia
 
El problema aparece cuando el denunciante forma parte del gobierno Nacional. Y cuando la crítica selectiva convive con silencios estratégicos.
Mientras M. Menem habla de sueldos bajos, de salud deficiente y de falta de oportunidades en La Rioja, el gobierno nacional que representa muestra un país sin obra pública, con hospitales destinados, educación degradada y universidades asfixiadas. Un Estado reducido a fuerza de ajuste, sin mejoras en la vida de la gente
 
Pero sería un error reducir el problema a un solo lado.
En La Rioja, la política también repite prácticas conocidas: Instituciones destruidas, estructuras cerradas, falta de autocrítica, gestiones sin respuestas concretas a una sociedad agotada Defender todo en bloque, negar errores o convertir cada crítica en una conspiración externa no fortalece a la provincia: la debilita
Y aquí aparece una contradicción que ya no puede ocultarse.
 
Mientras a las provincias se les exige austeridad extrema, el Estado nacional sostiene gastos millonarios en la compra de aviones de guerra, helicópteros, sistemas de defensa, operaciones que no reciben el mismo nivel de critica pública, discursivo que se reclama con vehemencia a los gobiernos locales.
La pregunta es incómoda, pero necesaria:
 
¿por qué el gasto es escándalo cuando ocurre en una provincia, pero se vuelve “necesario” cuando se ejecuta desde la Nación?
 
¿Quién define qué ajuste es virtuoso y qué gasto es incuestionable?
 
El discurso anticasta se vuelve frágil cuando quien lo enuncia preside la Cámara de Diputados, integra el núcleo duro del poder nacional y pertenece a una de las familias con mayor peso histórico en la política argentina. No es una imputación: es un dato.
 
Según fuentes de Multiplataforma Fénix, incluso dentro del propio oficialismo provincial no se descarta reabrir una discusión juridica que durante décadas fue evitada: el punto de coparticipación de 1988. Una decisión política clave en la proyección nacional de Carlos Menem, en una estrategia atribuida a Eduardo Menem. No se trata solo de un fallo judicial, sino de una deuda política nunca saldada.
Pero tampoco alcanza con desempolvar la historia para justificar el presente.
 
Porque mientras Nación y Provincia se cruzan acusaciones, se disputan relatos y se miden fuerzas, en el medio queda siempre el mismo actor: el pueblo. El que cobra sueldos que no alcanzan, el que ve deteriorarse la salud, la educación, el que no distingue entre culpas nacionales o provinciales porque su problema es concreto y cotidiano.
 
El doble estándar ya no se disimula:
el ajuste es moral cuando lo pagan otros,
la motosierra es virtuosa cuando recorta lejos,
y los errores propios siempre tienen explicación
No se trata de blindar a nadie ni de absolver gestiones. Se trata de decir lo evidente: cuando Nación y Provincia juegan a la política de trincheras, cuando ambos lados priorizan el poder antes que las soluciones, la casta deja de ser un eslogan y pasa a ser un comportamiento compartido
Y la historia argentina también enseña algo más duro todavía:
cuando la política se mira solo a sí misma,
el costo no lo pagan los discursos,
lo paga la gente

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