Sociedad

Cuatro nietos convirtieron las recetas de su abuela en una focaccería: cada plato lleva un nombre muy especial

A los 86 años, Matilde Isabel Quesada García sigue siendo el corazón de una historia familiar que hoy se expresa en sabores, recuerdos y un proyecto nacido del afecto compartido.

Viernes 23 de Enero de 2026

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08:22 | Viernes 23 de Enero de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

Hay abuelas que cocinan bien. Y hay otras que, sin saberlo, cocinan pertenencia.

Matilde Isabel Quesada García es de esas. Tiene 86 años, nació en Mendoza el 8 de marzo de 1939 —una fecha que hoy parece escrita a propósito— y es, para su familia, mucho más que una gran cocinera: es refugio, escucha, risa franca y hogar siempre abierto. Una mujer moderna, divertida, curiosa, que jamás juzga y que convirtió su casa en el centro emocional de varias generaciones.

En honor a ella, cuatro de sus nietos decidieron hacer algo poco habitual: transformar ese amor cotidiano, casi silencioso, en un proyecto que no busca explotar una marca sino honrar una historia. Una historia familiar, profundamente mendocina, atravesada por la comida, los encuentros y una forma de amar sin prejuicios.

“Es una abuela muy presente, muy de estar, de escuchar, de no juzgar. Su casa fue siempre nuestro hogar”, cuenta a TN Facundo Del Olmo, uno de los nietos que impulsaron la idea y quien pone en palabras lo que en la familia siempre se sintió natural.

Matilde tiene diez nietos en total. Pero fueron cuatro —Juan Cruz, Facundo, Santiago y Margarita— quienes llevaron adelante este homenaje. Joaquín, otro de los hermanos, vive en Europa. El resto de los nietos también forma parte del relato, incluso de la carta. Porque en esta historia, nadie queda afuera.

Una anfitriona de toda la vida

Matilde es la mamá del padre de Facundo. Abuela paterna, sí, pero sobre todo una figura central. De esas que no necesitan imponerse para estar presentes. “Siempre fue una gran anfitriona. Esa es la palabra. Se encargó históricamente de reunir a la familia, de juntarnos a todos, sobre todo a los nietos”, cuenta.

Juan Cruz, Santiago, Facundo y Margarita, con la abuela Matilde. (Foto: Matías Farina/Gentileza Facundo Del Olmo)
Juan Cruz, Santiago, Facundo y Margarita, con la abuela Matilde. (Foto: Matías Farina/Gentileza Facundo Del Olmo)

Su casa fue durante décadas el punto de encuentro inevitable. De chicos y de grandes. Con excusa o sin ella. “Íbamos a comer, a jugar, a tomar mate, a charlar. Siempre fue una abuela muy abierta, muy actual”. Matilde escucha. Opina. Se interesa por lo que pasa hoy. No baja línea. No señala errores. “Con ella podés hablar de cualquier cosa. Incluso decir alguna guarangada y se mata de risa. Habla de igual a igual con los jóvenes”, dice Facundo. Y en esa frase se entiende todo.

Cocinar como forma de amar

Si hay algo que define a Matilde, además de su calidez, es su talento en la cocina. Uno que nunca buscó reconocimiento, pero se volvió leyenda familiar. “Sin lugar a dudas, lo mejor que hizo mi abuela en todos estos años para unir a la familia fue cocinar. Y cocinar exquisito”, asegura su nieto.

Polenta. Milanesas a la napolitana. Pastas. Comida casera, abundante, hecha con tiempo. Sabores que se repiten en los recuerdos de todos. Platos que llegaban a la mesa acompañados de una sonrisa. La familia Del Olmo tiene tradición gastronómica: son la cuarta generación vinculada a la cocina. Y fue ahí donde la idea empezó a tomar forma. En Mendoza, los sándwiches en pan de focaccia comenzaron a ganar protagonismo. Pero ellos no querían seguir una moda: querían contar una historia.

Sanguches de focaccia con historia. (Foto: Matías Farina/Gentileza Facundo Del Olmo)
Sanguches de focaccia con historia. (Foto: Matías Farina/Gentileza Facundo Del Olmo)

“Queríamos darle su impronta. Porque mi abuela, además de cocinar increíble, tiene una vida muy rica, muy profunda, incluso en lo amoroso”, explica Facundo.

Amar sin pedir permiso

Matilde fue moderna antes de que eso estuviera bien visto. Se casó con Chiqui, el abuelo de sus nietos. Formó una familia. Se divorció. Más tarde, en Mar del Plata, conoció a Bruno, quien se convirtió en el amor más largo e intenso de su vida y en un verdadero “tercer abuelo” para los nietos.

Entre una historia y otra, hubo también un amor intermedio, al que la familia recuerda con humor como “el amor prohibido”. Matilde nunca escondió nada. Siempre habló con naturalidad, sin culpa ni temor a ser juzgada.

Por eso, los platos de este local no tienen nombres al azar. Cada uno homenajea a una persona real, a un vínculo, a un capítulo de su vida: Chiqui; Bruno; Rocco.

Historias de amor convertidas en sabores. Memoria afectiva servida en pan.

Cuando la carta cuenta una vida

La propuesta se apoya en raíces ítalo-hispanas, como las de Matilde, pero con identidad local. Focaccia de base italiana, espíritu mendocino. El nombre elegido para esta tierna forma de homenajear a la abuela fue La Matilde Focaccería.

Cada plato tiene un nombre y una historia detrás. Está Margot, la vecina que resulta ser la abuela materna de Facundo. Sus padres se conocieron porque vivían enfrente. Las abuelas eran amigas del barrio. A veces, la vida no necesita más explicación.

Está Pablito, un primo muy querido, “el preferido de todos”, dicen entre risas. Tanto, que merecía su propio homenaje. Está Matilde, el más clásico. El que lleva su nombre. Como debía ser.

Todos los nombres del menú tienen una razón. (Foto: Matías Farina/Gentileza Facundo Del Olmo)
Todos los nombres del menú tienen una razón. (Foto: Matías Farina/Gentileza Facundo Del Olmo)

Y está Séptimo C, un error que se volvió recuerdo. El nombre Séptimo C parece enigmático, pero esconde una historia familiar que mezcla ternura, desconcierto y un poco de nostalgia.

Matilde tenía una media hermana en España, a quien no conoció hasta después de la muerte de su padre. Cuando surgió la necesidad de resolver la distribución de un inmueble que debían compartir, Matilde envió documentación desde la Argentina. Creyó haber escrito correctamente la dirección del departamento: Séptimo C.

Nunca hubo respuesta.

Tal vez la dirección era incorrecta. Tal vez el departamento no existía. Tal vez los papeles nunca llegaron. Nunca lo supo. Lo cierto es que ese intento de contacto quedó flotando en la historia familiar como un gesto inconcluso: la voluntad de unir, de ordenar, de encontrarse.

“Siempre contamos esa historia”, dice Facundo. “Por eso decidimos ponerle ese nombre a un sándwich. Es parte de ella”.

Un legado que no se declama

Los valores que Matilde transmitió no están escritos en ninguna pared, pero atraviesan todo: la familia, la reunión, la comida compartida, lo casero, el estar. “Somos muy familiares. Siempre lo fuimos. Los primos, los nietos, el juntarnos. Eso nos marcó”, resume su nieto.

Matilde sigue viva. Sigue lúcida. Sigue cocinando. Sigue siendo esa abuela con la que se puede hablar de todo y que nunca juzga. Pero ahora también vive en un gesto colectivo, en una idea compartida, en una mesa que se extiende más allá de su casa.

Cuatro de sus nietos mendocinos eligieron otro camino: mirar hacia atrás, honrar a quien los formó y construir desde ahí. Porque, asegura Facundo, “hay herencias que no se escriben en papeles, sino que se comparten”. Y se sirven como lo hacía Matilde: con la mesa llena y el corazón abierto.

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