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La inteligencia artificial ya está integrada a celulares, buscadores y aplicaciones de uso diario. Pero detrás de cada respuesta hay centros de datos que demandan energía, agua y recursos con impacto ambiental creciente.
Viernes 23 de Enero de 2026
09:01 | Viernes 23 de Enero de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
La inteligencia artificial dejó de ser una tecnología del futuro para convertirse en una herramienta cotidiana. Está en los teléfonos, en los buscadores, en los correos electrónicos y en los procesadores de texto. Para muchas personas, incluso, es un apoyo clave para organizar tareas, estudiar o trabajar. Sin embargo, su uso masivo tiene un costo ambiental poco visible que empieza a preocupar a científicos y especialistas en sostenibilidad.
Cada vez que una persona interactúa con una herramienta de IA, se activa una cadena de procesos que requiere grandes cantidades de energía, en muchos casos generada a partir de combustibles fósiles. Esa energía se traduce en emisiones de gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático.
La IA funciona gracias a enormes centros de datos, instalaciones que procesan consultas, almacenan información y ejecutan modelos complejos en cuestión de segundos. A medida que la tecnología se vuelve omnipresente, también crece la demanda energética de estas infraestructuras.
“Dado que tratamos de construir centros de datos a un ritmo en el que no podemos integrar más recursos de energía renovable en la red, la mayoría de los nuevos centros son alimentados por combustibles fósiles”, explicó Noman Bashir, investigador en computación e impacto climático del Consorcio de Clima y Sostenibilidad del MIT.

El problema no es solo la electricidad. Los centros de datos generan grandes cantidades de calor y necesitan enfriamiento constante, lo que implica un uso intensivo de agua. Según el Instituto de Estudios Ambientales y Energéticos, los centros más grandes pueden consumir hasta 18,9 millones de litros de agua por día, un volumen similar al consumo diario de una ciudad de 50.000 habitantes.
Para la mayoría de los usuarios, el impacto ambiental de la IA es invisible. No hay humo, ni ruido, ni facturas de luz asociadas directamente a cada consulta. Esa desconexión dificulta la toma de conciencia.
“En uno de mis estudios, encontramos que generar una imagen de alta definición usa tanta energía como cargar la mitad de tu teléfono”, explicó Sasha Luccioni, líder de IA y Clima en la empresa Hugging Face.“Y la gente decía: ‘Eso no puede ser cierto, porque cuando uso un generador de imágenes, la batería de mi teléfono no se agota’”.
El impacto real ocurre lejos del usuario, en servidores que funcionan las 24 horas y que deben responder a millones de solicitudes simultáneas.
Aunque las empresas tecnológicas buscan chips y centros de datos cada vez más eficientes, eso no garantiza una reducción del impacto ambiental total. El fenómeno se conoce como la Paradoja de Jevons.
“Cuanto más baratos se vuelven los recursos, más tendemos a usarlos”, explicó Jon Ippolito, profesor de nuevos medios de la Universidad de Maine.“Cuando los automóviles reemplazaron a los caballos, no viajamos menos: viajamos más lejos”.
En el caso de la IA, la mayor eficiencia impulsa su adopción masiva, lo que termina aumentando el consumo total de energía.
Cuantificar la huella ambiental de la IA no es sencillo. Depende de múltiples factores:
Aun así, Ippolito desarrolló una aplicación que compara tareas digitales. Sus estimaciones muestran que:
Esto no significa que otras actividades digitales sean inocuas. Ver una hora de streaming o participar en una videollamada grupal también tiene una huella energética significativa.
“No se trata solo de hacer consciente a la gente del impacto de la IA, sino de todas las actividades digitales que damos por sentadas”, señaló Ippolito.
Algunos especialistas proponen cambios simples de comportamiento digital, como:
Otros optan por herramientas más eficientes o sistemas locales que no dependen de grandes centros de datos.
“La IA solo ocupa una fracción del consumo total de los centros de datos”, advirtió Ippolito. “Gran parte proviene de redes sociales y plataformas de video. Reducir el tiempo de pantalla también reduce el impacto ambiental”.
La inteligencia artificial ofrece beneficios reales y cotidianos, pero su expansión plantea un desafío ambiental que ya no puede ignorarse. Entender que cada interacción digital tiene un costo energético permite avanzar hacia un uso más consciente, equilibrando innovación tecnológica con responsabilidad climática. En un mundo cada vez más digital, el bienestar también depende de cómo usamos la tecnología.
Por qué el impacto no se percibe
Más eficiencia no siempre significa menos impacto

Cuánta energía consume realmente la IA
Qué se puede hacer para reducir el impacto
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