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Palito Ortega reveló el trabajo más extraño que tuvo y sorprendió a Mario Pergolini: “Hacía un poco de todo“

En su visita a Otro día perdido, el cantante recordó sus empleos de la infancia, en los que la música ya aparecía como refugio

Martes 25 de Agosto de 2026

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11:23 | Martes 25 de Agosto de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

El relato de Palito Ortega sobre sus inicios laborales dejó en silencio al conductor Mario Pergolini, durante el programa Otro día perdido de El Trece. La conversación, marcada por la sorpresa y el humor, permitió descubrir facetas poco conocidas de la vida del cantante, quien compartió anécdotas de sus primeros trabajos y la manera en que la música se convirtió en su refugio y vocación.

El episodio más inesperado surgió cuando Ortega recordó uno de los oficios que más impactó a su entrevistador. “También trabajé en un cementerio”, confesó con naturalidad, provocando que Pergolini preguntara, incrédulo: “¿En un cementerio también trabajaste?”. El músico detalló entonces: “Sí, limpiaba la sepultura y las cruces. Sacaba la maleza, arreglaba la tierra… un poco de todo”.

Retrato de Palito Ortega vistiendo saco oscuro y camisa azul, en un estudio con luces de fondo
La entrevista mostró que la música acompañó a Palito Ortega incluso en trabajos modestos y en ámbitos poco convencionales

El relato entonces giró en torno a la infancia y la búsqueda de oportunidades para el artista nacido en Tucumán: “Yo desde muy chiquito que trabajé. Hice distintos trabajos, de todo tipo. El primero fue en la cosecha, de mandarinas y otras frutas cítricas”, rememoró Ortega, antes de linkear uno de esos empleos ocasionales con su futuro como ídolo de la música popular: “También lustraba zapatos. Me acuerdo de que me buscaban a mí porque yo le cantaba a los clientes mientras lo hacía y eso les gustaba. Era divertido, aunque a veces les manchaba las medias por distraído”.

En ese escenario inusual, la vocación artística nunca estuvo ausente, aunque le valiera algún que otro reto. “De vez en cuando venía el encargado del cementerio a callarme porque yo cantaba. Lo hacía todo el tiempo”, confesó Ortega. La anécdota arrancó risas y gestos de asombro, reforzando la idea de que el arte lo acompañó en cada etapa de su vida.

Palito Ortega sentado en un sillón conversa frente a Mario Pergolini, quien se encuentra detrás de un escritorio
El testimonio de Palito Ortega en Otro día perdido presentó una historia de perseverancia, disciplina y vocación artística

Durante el programa, el conductor le preguntó si siempre fue tan seguro de sí mismo, teniendo en cuenta su origen humilde y su ascenso desde los trabajos más modestos. Ortega respondió con sinceridad, reconociendo que la confianza fue un proceso forjado en la adversidad y el trabajo constante desde la infancia.

El relato de sus primeros pasos laborales mostró a un niño inquieto, dispuesto a probar suerte en cualquier campo, pero con una inclinación constante hacia lo que lo terminaría haciendo famoso: “Creo que cantar es una vocación que abracé desde muy chico. Siempre estuvo conmigo, fue siempre una parte de mí”, sentenció el artista, dejando en claro que la música no fue solo un escape, sino el motor principal de su desarrollo personal y profesional.

Palito Ortega
El cantante también lustraba zapatos y cantaba para los clientes mientras trabajaba en su infancia

Lo que sorprende de la narración de Ortega no es únicamente la diversidad de oficios, sino la manera en que la música se filtraba incluso en los ambientes más insólitos. El encargado del cementerio, al pedirle silencio, no lograba apagar ese impulso artístico que se manifestaba aún en los momentos menos propicios.

La experiencia del cantor de “La felicidad” sirve de respuesta a quienes se preguntan cómo logró consolidar una carrera artística de largo recorrido partiendo de contextos tan adversos. El trabajo duro, la disciplina y la pasión por el canto se entrelazaron desde el inicio, permitiéndole sortear obstáculos y modelar una identidad marcada por el esfuerzo.

A tal punto llegó con la música que pudo codearse con una figura como Frank Sinatra. En 1981, Palito Ortega asumió uno de los mayores riesgos de su carrera: producir una serie de conciertos de “La Voz” en el Luna Park de Buenos Aires. El proyecto fue monumental, pero la realidad económica lo aplastó. Una fuerte devaluación disparó el dólar y dejó al artista con una deuda de más de dos millones de dólares. Aun así, Ortega pagó hasta el último centavo.

Antes de que Sinatra partiera hacia Brasil, los dos se encontraron por última vez y el estadounidense le hizo una promesa que cumpliría años después. “Yo sé todo lo que te pasó. Lo único que tenés que recordar es que cuando llegues a Estados Unidos y necesites un garante, no dejes de llamarme”, le dijo. Cuando Ortega se instaló en Miami junto a su esposa, Evangelina Salazar, recordó esas palabras y lo contactó. La respuesta fue inmediata: en pocos días lo citaron en Nueva York, productores y bancos se acercaron a ofrecerle oportunidades y el artista logró establecerse con casa propia, cuentas bancarias y crédito. El respaldo de Sinatra también le abrió las puertas de escenarios como Las Vegas.

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