Sociedad

Chocolates, bufandas, comida y cartas: qué pasó con las donaciones que la gente les envió a los soldados de Malvinas

Tres veteranos de la Guerra de Malvinas, en diálogo con MDZ, revelaron qué donaciones sí llegaron a las Islas y qué pasó con el resto una vez terminado el conflicto bélico.

Sábado 05 de Abril de 2025

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21:39 | Sábado 05 de Abril de 2025 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma

La Guerra de Malvinas movilizó a toda la población argentina en 1982. Al saber que más de 20.000 soldados estaban combatiendo en el territorio para defender la soberanía de las Islas, ante la invasión británica, todo el país se sumó a aportar su granito de arena en una serie de campañas y de acciones solidarias con el fin de ayudar y alentar a los combatientes. Cartas, bufandas, chocolates, licores, viandas con comida y sumas millonarias de dinero se recaudaron a lo largo de tres meses.

En las escuelas, los docentes incentivaban a sus estudiantes para que escribieran cartas a los “soldaditos” que llegaron a las Islas para recuperarlas, el 2 de abril de 1982. “Cuando empezó la Guerra en Malvinas, en el ’82, yo estaba en la primaria, en el colegio Santa Inés de las Hijas de María Auxiliadora, en General Pico, La Pampa. Nos enseñaban a tejer en Manualidades. A raíz de eso, empezaron a hacer una colecta desde los colegios religiosos -lo que se extendió después a otros colegios- donde teníamos que llevar lanas. Todo el mundo colaboraba. Nos pedían colores oscuros, como verdes, marrones, negros. Hacíamos bufandas para mandarles a los ‘soldaditos’ que estaban en la Guerra de Malvinas, para que estuvieran abrigados”, recordó Susana Fresco, quien, entonces, iba a la primaria.

“No sabemos con seguridad si eso les llegó o no, pero bueno, se hacía con todo el amor del mundo, por supuesto. Era el lugar desde el que podíamos colaborar. Según los que volvieron, no recibían en general todo lo que la gente les mandaba. Era todo un país mandándoles cosas”, expresó Fresco en diálogo con MDZ. Pero Susana no fue la única que se quedó con la duda del destino final de esas donaciones. Toda la población se hacía la misma pregunta y, con el correr de los años, trascendió el mito o la idea generalizada de que hubo un negocio de por medio.

Mirá el video sobre las donaciones a los soldados

“La gente grande que podía donaba joyas de oro que supuestamente iban a fundir y, con eso, iban a solventar la estadía de los soldados en Malvinas. Donaban cosas de valor que tenían en sus casas, como tapados de piel y artefactos caros. Algunos se iban hasta la iglesia de Luján, en la basílica, para donar cosas de oro. ¿Dónde habrá ido a parar eso? Sólo Dios sabe”, agregó Fresco.

Ante ese panorama incierto, desde MDZ nos pusimos en contacto con tres excombatientes de la Guerra de Malvinas, con el deseo de saber si recibieron donaciones durante su paso por las Islas, cuáles fueron y cuál habría sido el destino del resto de las encomiendas y aportes que hacía la gente solidaria de buena fe.

¿Llegaron donaciones y cartas a las Islas Malvinas?

“Llegaron. Por ahí no llegó la cantidad que tendría que haber llegado porque no teníamos tantos aviones, pero teníamos seis Hércules que transportaban lo poco que podíamos mandar desde acá (continente)”, aseguró el excombatiente Esteban Tries, que realizaba el servicio militar en el Regimiento de Infantería Mecanizado 3 de La Tablada, provincia de Buenos Aires, antes de embarcarse hacia las Islas.

“Lo más importante era la munición y el armamento. Después era la medicina. Después eran las cajas de raciones que ya estaban preparadas, equilibradas para cada soldado. Y, por último, las donaciones, fundamentalmente las cartas y algunas encomiendas. Y los tipos (quienes repartían las entregas) se jugaban la vida; iban al ras del agua para poder cruzar el cerco militar que habían hecho los ingleses”, manifestó el veterano de Malvinas.

Tries, además, aseguró que, durante todo el mes de abril los soldados que se encargaban de repartir las encomiendas, pudieron acercarles a los combatientes las cartas y algunas donaciones de la gente. Él, por su parte, tuvo la suerte de recibir cartas de parte de sus seres queridos. “Recibí cartas de mi madre, de la que era mi novia, de amigos, de familia directa. Mi sargento, Manuel Villegas, que cumplía años el 17 de abril, recibió justo una encomienda para esa época más o menos. Me acuerdo que compartimos unos ricos chocolates y algún licorcito en la trinchera, en el pozo. Otros compañeros, también recibieron cosas. Se hacía así, nos juntábamos los diez del grupo y tratábamos de repartir todo”, confió el excombatiente a esta periodista.

“En Puerto Argentino había mucha mercadería. Lo que falló no fue la solidaridad, fue la logística en Malvinas. ¿Cómo hacer llegar todo eso a las posiciones que estábamos a 10 o 15 kilómetros? Es lo mismo que pasó con Bahía Blanca; por ahí, muchas cosas quedaron en el camino porque siempre hay algún atorrante, pero la mayoría de las cosas llegaron o quedaron en el depósito con la intención de llegar si hubiéramos podido tener más vuelos disponibles de los aviones cargueros”, agregó Tries.

El veterano Esteban Tries sigue dando charlas para "Malvinizar", en las que agradece a la comunidad por las donaciones y el apoyo brindado a los soldados durante la Guerra. Foto: Gentileza Esteban Tries.

En el mismo sentido, el Sargento Manuel Villegas, que se desempeñó como el jefe de un grupo de soldados de Compañía A, del Regimiento 3 de Infantería, indicó que las donaciones llegaron todo el mes de abril y que, mientras podían, enviaban cartas a sus familias, con el fin de no preocuparlos. “Yo les decía a mis soldados, cuando escribían al continente, que no pidieran cosas. Les decía: ‘No preocupen a sus familias; díganle que está todo bien’. De hecho, cuando yo escribía al continente, ponía: ‘Nos dan bebidas espirituosas, nos dan chocolates, nos dan cigarrillos, nos dan caramelos; estamos muy bien’. Y, en realidad, estábamos comiendo poco. Pero ellos (los familiares en el continente) no tenían la manera de solucionar nuestros problemas; lo único que les íbamos a llevar nosotros a ellos era preocupación. Algunos me hicieron caso y otros, no”, dijo Villegas a este medio.

Al regresar, su esposa le contó a Villegas que intentó dejar en el regimiento una caja con donaciones para que le enviaran a las Islas Malvinas. Sin embargo, los militares, entonces, le advirtieron: “Señora, si usted quiere dejar esta caja, déjela; pero va a quedar en un depósito acá en el regimiento porque en Comodoro Rivadavia o en Río Gallegos ya no nos quieren recibir nada; no tienen lugar donde guardar las encomiendas”. “¿Qué es lo que pasaba? El bloqueo inglés fue por aire y por tierra. Entonces, los pocos aviones que llegaban a Malvinas cargaban lo que era prioridad: armamento, raciones para todo el mundo – como una bolsa de polenta, una bolsa de porotos- y 100 cajas de municiones”, señaló el Sargento.

Al respecto, el Suboficial Mayor de la Fuerza Aérea, Roberto Manuel Carabajal, quien fue tripulante de un avión Hércules durante el enfrentamiento bélico, le confesó: “Yo estaba encargado de equilibrar el peso del avión en las cargas y, cuando nos quedaba un espacio al terminar la carga del material que había que enviar, pedíamos que trajeran algunas encomiendas. De los depósitos traíamos las primeras que encontraban”.

La polémica del chocolate y la carta a un soldado de Malvinas, que salió en la portada de la revista Gente en esa época, llegó a los veteranos una vez finalizado el conflicto. En cuanto a ese hecho, Villegas sostuvo: “En los depósitos había seres humanos. Más allá de la fuerza, más allá de la jerarquía, había seres humanos y, mientras esté el ser humano, las cosas pierden su pureza. El uniforme no santifica. A mí no me sorprende que haya habido gente que haya aprovechado para hacerse algún negocio. Pero sí quiero que quede claro que ni el Ejército ni la Fuerza Aérea montaron un círculo de comercialización de las cosas. Sí hubo un pícaro, un sinvergüenza de cualquier jerarquía, ya sea soldado, suboficial u oficial que aprovechó, vio, manoteó y se las llevó. Pero no fue algo orquestado, organizado”.

¿Cómo hacían los soldados para acercar las donaciones y pertrechos a los combatientes durante la Guerra?

Tras consultarle al Suboficial Carabajal sobre cómo trabajó la Fuerza Aérea Argentina para acercar las cartas y donaciones a los combatientes en el territorio, el veterano empezó a contar: “Mi tarea, durante el conflicto, fue hacer varios tipos de vuelos que tuvo que hacer el escuadrón Hércules C-130. Entre ellos, llevar pertrecho, municiones, armamento, retirar heridos de las Islas cuando empezó el combate terrestre”.

“Durante todo el mes de abril, volaban todo tipo de aviones hacia Malvinas. Además de los Hércules, volaban los F-28, los F-27 y los de aerolíneas. Se llevaban pertrechos y al personal volando a una altura normal, de día, porque no había peligro. Entonces, podíamos llevar encomiendas y algunas donaciones. El 1 de mayo, un avión Vulcan, bombardero inglés, nos dejó un reguero de 21 bombas, más o menos 450 kilos de explosivos para destruir la pista. Igual seguimos operando. Después del 1 de mayo, los ingleses pusieron una zona exclusión, por lo que no se podía entrar alrededor de 200 kilómetros de las Islas. Nadie podía entrar, pero nosotros todavía teníamos gente en las Islas”, narró el especialista en operaciones de entrega aérea, sobre el inicio de la etapa más difícil del conflicto.  

En ese contexto, la Fuerza Aérea Argentina se decidió a realizar un operativo para seguir abasteciendo a los combatientes en el territorio, a pesar del cerco militar impuesto por los británicos. “El 6 de mayo rompimos el cerco con un avión Hércules C-130, que era el único avión que entraba volando de noche, a muy baja altura, entre 5 y 11 metros del agua, sin radio, sin luz, sin radar. Así pudimos volar hasta el último día de combate. La Fuerza Aérea jamás abandonó a los combatientes que estaban en Malvinas”, reafirmó.

A partir del 1 de mayo, los vuelos eran estratégicos. Empezaron a volar únicamente cuando era necesario. “Había tripulaciones fijas. Los vuelos ya no demoraban 1 hora y 20, sino que había que volar de noche desde las 17:00 o 17:30 porque ya a las 18 oscurecía. El clima era bastante feo, con viento fuerte, agua nieve y llovizna. Además, teníamos que cuidarnos de un radar de nuestros vecinos, que estaba puesto en el sur, que monitoreaban nuestros vuelos y le pasaban la información a Inglaterra. Así volábamos entre 3 horas y media o 4 horas hasta llegar a las Islas y ver si se podía aterrizar”, enunció Carabajal, y agregó: “El regreso también se hacía entre 3 horas y media o 4 horas porque había que volar a esa misma altura para que el radar enemigo no captara el avión. También íbamos cuidándonos de no llevarnos alguna fragata por delante, puesto que volábamos tan bajo”.

Eran muchos los peligros que debían afrontar los tripulantes en cada vuelo. Por ello, decidían cargar lo que realmente necesitaban los soldados en el territorio bélico. “En una guerra lo que prima es lo que la gente en el campo de combate necesita y pide. Había un comando general que recibía las necesidades que tenía la gente; se preparaba todo y nosotros, con el avión Hércules, transportábamos eso que pedían. Eran municiones, herramientas, medicamentos, alimentos, y hasta cañones. Lo que sí llevábamos siempre, de alguna manera porque se podía, era la correspondencia que llegaba a Comodoro Rivadavia para llevar a las Islas. En todos los vuelos, de todos los aviones, hacíamos lo mismo”, aseveró el Suboficial Mayor de la Fuerza Aérea.

“Con respecto a las donaciones que la gente hacía, como las tortas, los chocolates, no deberían haberse hecho. Como es un país que nunca estuvo en guerra de esta manera, la gente no sabía, pero era muy difícil llevarlas. Hay que entender que en la logística para una guerra normalmente se prioriza la necesidad de los combatientes. Nosotros aterrizábamos en las Islas Malvinas en las noches oscuras, sin luz, sin nada, con el enemigo que ya estaba ahí. Personal de todo rango, que ya estaba en las Islas, descargaba el avión con los motores en marcha, para poder volver a despegar de inmediato. Después, el personal de tierra que estaba en Malvinas se encargaba de repartir todo lo que se llegaba. Ahí, funcionaba la logística de las fuerzas que estaban combatiendo. Retiraban las cosas del aeropuerto, donde había una persona a cargo y, de ahí, debían acercarse a las trincheras para entregarlas”, remarcó el veterano de Malvinas.

“No es que se dejaron las donaciones porque las quisimos dejar. Lo que podíamos llevar, lo llevábamos, pero se priorizaba, indudablemente, el pertrecho de guerra. Hubo muchos mentirosos que hablaban sin saber de las donaciones. Durante una guerra no se puede enviar un avión especialmente para llevar tortas, chocolates, golosinas. Es poner en riesgo al avión y a todos los tripulantes”, reiteró Carabajal.

Al regresar al continente, los soldados, que no tenían conocimiento de las acciones solidarias que realizó la gente durante todo el conflicto, descubrieron que, en la mayoría de los regimientos y escuelas de sus localidades, había un cúmulo de cajas llenas de donaciones, entre las cuales se encontraban juegos, alimentos, dulces, bufandas y cartas.

“Yo vivía en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, y en la escuela Leopoldo Lugones se habían hecho grandes donaciones. Cuando vuelvo, en el regimiento, me entregaron todas las cajas de donaciones. Eran unas 11 o 12 cajas. Y ahí había juegos de ajedrez, había chocolates, había cartas, había mantecoles. ¿Viste cuando decís ‘gracias’? Sé que la intención fue excelente, pero ya no había posibilidad de cruzarlo; eso fue de lo que después uno se fue enterando. Eran tantas las donaciones en todo el país, que las guardaban en los regimientos porque no había posibilidad de cruzarlo”, reveló Tries.

Cada uno de los excombatientes que tuvo la fortuna de regresar a sus hogares, a pesar de las tristes pérdidas en la Guerra, descubrieron cuán grande fue el apoyo del pueblo argentino a lo largo de los meses que duró el conflicto, por lo que, siempre que pueden, intentan expresar su agradecimiento en cada charla con la comunidad.

“Fue tan solidario el pueblo, en cada región, en cada lugar de nuestro hermoso país, que es triste que crean que no llegó nada. Cuando yo voy a las charlas, le digo a la gente ‘gracias, porque llegó’. Y me responden: ‘No, no puede ser. ¿En serio? Porque toda la vida me dijeron que no’. Y se emocionan porque sí, llegó. Por ahí llegó una carta y representó a la carta de los 25 millones de personas que escribieron. Eso es significativo. Eso es volver a agradecerle al pueblo por haber estado al pie del cañón, nunca mejor dicho”, ratificó, agradecido, Esteban Tries.

Lo mismo le sucedió al Sargento Manuel Villegas. Después de pasar un tiempo internado en Comodoro Rivadavia tras el conflicto, arribó a Campo de Mayo donde, el encargado de la unidad, le acercó varias cajas con cartas, golosinas, cartones de cigarrillos, caramelos y chocolates. “Estas son las cosas que les quisieron mandar a ustedes; bufandas, medias, gorritos de lana, que quedaron en el regimiento porque no pudieron salir. Entonces, cuando llegaron ustedes, lo que pudimos les repartimos”, le dijo entonces el hombre a Villegas.

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