Sociedad
El 18 de marzo de 2010, Mauro Ernesto Romero mató a puñaladas a su expareja, Mónica Pagano, y luego fue condenado a prisión perpetua por el crimen.
Viernes 31 de Julio de 2026
09:38 | Viernes 31 de Julio de 2026 | La Rioja, Argentina | Fenix Multiplataforma
El 18 de marzo de 2010, Mónica Pagano, de 30 años, salió a encontrarse con su exmarido, Mauro Ernesto Romero, sin imaginar que sería la última vez que la verían con vida. Dieciséis años después del crimen atroz, su hija denuncia que es víctima del acoso de su padre, a pesar de que está preso.
Habían pasado algunas semanas desde la separación cuando Romero citó a su exmujer con el argumento de que iba a internarse para tratar su adicción a la cocaína. Sin embargo, todo era una trampa. Tras varias horas sin noticias de Mónica, su familia denunció la desaparición y advirtió que el hombre podía estar involucrado, por lo que rápidamente se convirtió en el principal sospechoso de la investigación.
Finalmente, el propio agresor indicó dónde había abandonado el cuerpo. Los investigadores llegaron hasta un descampado de Lincoln y encontraron a Mónica asesinada de 25 puñaladas, con un cuchillo clavado en uno de sus ojos. Poco más de un año después, el 18 de octubre de 2011, Romero fue condenado a prisión perpetua por el delito de homicidio agravado por el vínculo y por alevosía.

Para Antonella Romero, una de las hijas de la pareja, el crimen no fue una sorpresa. Tenía 10 años cuando su mamá fue asesinada y asegura que la violencia era una constante dentro de la familia. “El femicidio de mi mamá era algo que todos esperaban porque él fue violento con todos sus vínculos”, contó a TN.
En ese entonces, la familia no supo encontrar las palabras para comunicarles lo ocurrido a ella y a sus otros dos hermanos, de 11 y 9 años. “Nadie sabía cómo decirle a un niño que su papá es un femicida. Nos dijeron textualmente que habían tenido una fuerte discusión y que ella había fallecido. Nosotros éramos testigos de la violencia y ya sabíamos lo que pasaba”, aseguró.
En el 2013, cuando Antonella había cumplido 14 años, empezó a recibir mensajes de su padre estando preso: “Me escribió para decirme que no sabía qué sabía yo de la situación, pero que “solo había quedado el envase” de él y que ya no era más ese hombre violento".
“Ahí se abrió en mí una necesidad de saber qué había pasado. Quería entender. Hablamos por teléfono. Me contó cómo vivía en la cárcel. Me decía que lo único que le faltaba era salir a la calle, que tenía centro de estudiantes, amigos, gimnasio, que comía lo que quería”, expresó.
Ese primer contacto despertó en ella la necesidad de reconstruir una historia que, hasta ese momento, nadie le había contado por completo. “Yo me enteraba leyendo los diarios de Lincoln. No había leído la causa ni nada. Sabía que él la había matado porque mi familia lo odiaba, pero nadie me había explicado qué había pasado”, recordó.
Dos años después, mientras vivía con su abuela, encontró los papeles del juicio y la sentencia. “Cuando leí la sentencia fue ponerle palabras a lo que ya me imaginaba. Era hacer uno más uno”, dijo. A partir de entonces, aseguró que Romero volvió a escribirle en distintas oportunidades, siempre con mensajes esporádicos y desde diferentes cuentas en redes sociales.
A pesar de que siempre aparecía a través de Facebook, la última vez, en julio de 2026, el femicida la contactó desde una cuenta falsa en Instagram. La joven de 26 años expuso la situación en su perfil y mostró el chat del agresor. “Hola Anto. Soy yo, Mauro. Quería que sepas que este Instagram es mío y veo tus estados. No te escribo para entablar una charla ni nada de eso. Solo para que me bloquees si querés que no vea tus cosas”, le envió.
Las secuelas del femicidio no terminaron con la condena, sino que fue un proceso de transformación en toda la familia, porque todos estaban acostumbrados a la violencia. Antonella explicó que fue a los 7 años, cuando fue a la casa de una compañera, que entendió por primera vez que lo que ocurría puertas adentro de su hogar no era normal.
“Pensaba: ‘Listo, ahora llega el papá y nos caga a palos’. Ya me agarraba dolor de panza. Llegó, comimos y no pasó nada. No rompió nada, no lastimó a nadie. Ahí me di cuenta de que lo que yo vivía estaba mal”, recordó.
Hoy, Antonella decidió hacer pública su historia para visibilizar una realidad que, asegura, atraviesan muchos hijos de víctimas de femicidio. “Siempre va a ser un femicida. No te levantás un día y dejás de serlo”, afirmó. También cuestionó la reacción de algunas personas de su entorno con el paso de los años. “La gente me decía: ‘Tu papá era tan bueno conmigo’ o ‘se mandó una cagada’, como si no fuera tan grave”, sostuvo.
Y cerró con una reflexión que, para ella, resume todo lo vivido: “Si yo puedo repudiar a mi papá sabiendo que es el asesino que es, ¿cómo no va a poder hacerlo un conocido, un empleador o cualquier otra persona?”.

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